El blog de Aurelio Asiain

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Categoría: escritura

Tres árboles y un bosque

山城 隆

Este cartel de Ryuichi Yamashiro (1920-1997) para la exposición Graphic ‘55 es un clásico del diseño gráfico japonés y una obra maestra de varias artes: la imagen de un bosque hecha con sólo tres caracteres pictográficos: 木, árbol; 林, arboleda; 森, bosque. Es innecesario aclarar que del primero se derivan el segundo y el tercero, multiplicándolo. No lo es advertir que el número de caracteres realmente pictográficos entre los kanji, y sobre todo de los aún reconocibles de inmediato, es muy reducido y el caso de una imagen que a la vez puede verse y leerse, como esta, es bastante excepcional. El original, en seda, 1052 x 740 mm, está en el MOMA de Nueva York.
Hace un par de años, conversando con Iván Trejo, entonces editor de Posdata, sobre posibles portadas para mi libro La fronda, recordé la imagen de Yamashiro y se la mencioné. Lo que hizo el diseñador de Posdata Editores, Óscar Estrada, me dejó encantado. Sobre todo después de que una amiga japonesa, al ver la portada, me preguntó: —¿Es bilingüe? —Solo en la portada. Quienes no lean japonés verán un sobrio diseño abstracto. Pero ahí hay tres árboles y un bosque.

La Fronda Portada

 

El libro no está en las páginas de la editorial pero sí, me dicen, en algunas librerías. Aquí hay un reseña de Christopher Domínguez, aquí otra de alguien que firma como Soydeaire, y aquí una entrevista al respecto con Daniel Barrón.

Mark Strand (1934-2014) en versión de Gerardo Deniz

LA POESÍA NARRATIVA

Ayer, en el supermercado, alcancé a oír a un hombre y a una mujer que discutían acerca
de la poesía narrativa. Decía ella: “A lo mejor todos los poemas llamados narrativos no
pasan de ser irónicos y sus acontecimientos revelan nada más lo empobrecidos que estamos,
en qué medida vivimos, como utopistas sin esperanzas, para el fin. Muestran que
a nuestras vidas las invalidan nuestras necesidades, sobre todo la necesidad de continuar.
He acabado creyendo que la narrativa nace del aborrecimiento a uno mismo.”

Dijo él: “Lo que me inquieta es la narrativa que no proporciona un marco coherente
para medir la transición temporal o espacial, la narrativa donde el héroe viaja, creyendo
avanzar cuando que en verdad esta quieto. El se vuelve el único empalme, la encarnación
de la narración, su terrible autoengaño, la pesadilla de su propia irrealidad.”

Quise recordarles que el poema narrativo ocupa el puesto de un relato ausente y se
la pasa absorbiendo la ausencia de éste, por así decirlo, y al mismo tiempo abandonando
su propia presencia a las atroces soledades del olvido. El relato ausente es aquel, quise
decirles, en el cual nuestro destino está escrito. Pero antes de que pudiera hablar ya
se habían ido.

Al llegar a casa, mi hermana me estaba esperando, sentada en la sala. Le dije: “Sabes, manita, se me acaba de ocurrir que algunos poemas narrativos se mueven tan de prisa
que no hay manera de guardar su paso y no queda sino imaginar su marcha. Parecen
los más vivos y son los menos reales.”“Sí -contestó mi hermana-, pero ¿no has pensado
que algunos poemas narrativos van tan despacio que nos la pasamos adelantándonosles,
imaginando lo que podrían ser? ¿ni se te ha ocurrido que éstos tienden a ser escritos
en la juventud?”

Luego recordé aquel verano en Roma, cuando me convencí de que los relatos en que
interviene la memoria se frustran solos. Hacía calor y me di cuenta de que la memoria es
un monumento en memoria de sucesos que no lograron sostenerse hasta el presente;
de ahí que la memoria esté teñida de lástima y que su música siempre suene a endecha.

Entonces sonó el teléfono. Era mi madre, para preguntarme qué hacía. Le conté que
estaba trabajando en una narración negativa: la que se niega a empezar porque el comienzo
carece de sentido en un universo infinito, y se niega a acabar por la misma razón.
Toda ella es un tramo central reprimido, una conjunción inenunciable e inagotable. “Fíjate,
mami -dije-, es como la narrativa que se rehúsa a enmascarar la esencial y universal
quietud, de modo que restringe sus comentarios a lo que nunca sucede.”

Mi madre dijo entonces: “Tu papi me hablaba mucho de la poesía narrativa. Decía que
era una mujer vestida de largo y que llevaba flores. La roja cabellera caía leve sobre sus
hombros. Decía que la poesía narrativa solía pasar en primavera y hacía intervenir a un
hombre. La mujer se acercaba a su casa, hacía una seña al hombre con la mano y dejaba
caer las flores. Esto -continuó mamá- parecía indicar la falta de objeto de la poesía narrativa.
Dondequiera que estuviese la mujer, sembraba simientes de desapego.”

“Mami -arriesgué-, lo que llamamos narrativa no es más que sumisión a las
insufribles pretensiones del predicado con respecto al futuro; fomenta la prolongación,
florece en otro predicado. ¿No crees que las nociones de cierre descansan en
nuestro anhelo de un predicado yermo?” “Tienes toda la razón -dijo mi madre-,
no hay otra manera de ver esto.” Y colgó.

MIEDO A LA NOCHE

según Leopardi

Alceto: Déjame contarte, Meliso,
pues ahora, al ver la luna,
recuerdo lo que soñé anoche.
Estaba en la ventana, mirando al cielo
y de pronto la luna se caía.
Directa, sobre mí, más cerca siempre
y más, hasta estrellarse
como un tazón, al lado de la casa.
Entonces echó a arder, luego silbó
como un ascua que tirases al agua.
Ennegreció, se achicharró la hierba
y así se apagó la luna.
Pero no fue esto sólo,
pues al mirar a lo alto vi un boquete en lo negro.
Era el agujero dejado por la luna
al caer desde el cielo.
Como te lo cuento, Meliso.
Me aterraba, y aún sigo.
Meliso: ¿Y cómo no has de estarlo? Al fin y al cabo,
la luna pudiera caerse cualquier día.
Alceto: Es verdad, ahí tienes las estrellas;
todo el verano están cayéndose.
Meliso: Pero es que estrellas hay montones
y si caen unas cuantas nada importa.
Quedan siempre millares.
Sólo que luna no hay más que una en el cielo
y nadie la vio caer si no fue en sueños.

SE LA VITA È SVENTURA…?

para Charles Wright

¿Dónde estaba escrito que hoy
me asomaría a la ventana y, por ser verano,
pensaría en aire tibio llenando altas salas flotantes de árboles
con los olores mal casados de hierba y alquitrán; que dos abejas alocadas
darían vueltas persiguiéndose a la sombra, que un muro
de nubes borrascosas se elevaría al este,
que hoy —precisamente hoy— un hombre, afuera, recobraría aliento.
donde pudo ser visto y, echando atrás la cabeza,
dejaría escurrirle dorada luz por la cara vuelta a lo alto
y que un desconocido que surgió quién sabe de dónde, de súbito
sacando una navaja lo rajaría, del vientre al esternón,
haciendo que aquel momento ante mi casa le fuera el último? ¿Dónde estaba escrito
que el mundo, apiadador a fin de cuentas, se abriría
para dejar pasar la forma borrosa del asesino
que huía de allí, en tanto la víctima, caída
de rodillas ya, sentiría el calor de su ser entero volverse
una nube breve, traslúcida, deshilachándose apenas formada?
¿Que dos ojos sin vista sustituirían su mirada de asombro;
que pese a su voluntad -me pareció- de sobrevivir, entrar
nuevamente en la inalcanzable esfera de la luz, continuaría
cayendo y los vecinos, empezando a llegar,
acecharían lo oscuro de su cuerpo, al mirarlo desplomarse
en su herida, como una mosca o mota, tornarse
parte infinitesimal de la noche, donde la deriva
de sueños y las ruinas de estrellas, con el mismo destino,
obedeciendo iguales reglas, al descender, se asemejan?
¿Dónde estaba escrito que aquella noche se extendería
inscribiéndose oscuramente por doquier o, puesta así la cosa, dónde
estaba escrito que nacería a mí mismo una y otra vez,
como ahora mismo, como todo en este instante,
y sentiría el caer de la carne en el tiempo, la sentiría girar
sin ruido, lenta, como enderezándose, hasta quedar como es debido?

CENTO VERGILIANUS

Y así, pasando bajo la bóveda del ancho cielo,
empujados por tormentas y mares encrespados, llegamos,
preguntándonos a cuál orilla del mundo
éramos arrojados. Un aullar de perros
se oía entre el crepúsculo,
y sobre las tumbas el ruido mugiente
que hace un fuego de hierbas cuando el viento lo azota;
y más tarde, desde patios gélidos,
se alzaron los lamentos agudos de mujeres
hacia las calladas estrellas de oro.
Primero no echamos a faltar las ciudades de que partimos-
las casas pintadas de rosa y verde, los cisnes comiendo
entre las cañas del río, los aguaceros de luz veraniega
barriendo las tierras de pastos.
¿Y si hubiésemos esperado hallar a Apolo aquí,
entronizado al fin, y si un frío crispante
nos helara hasta el hueso? Habíamos llegado
adonde todo llora por cómo marcha el mundo.

Traducción de Gerardo Deniz,
Vuelta 140, México, 18 Julio de 1988

Mark Strand (1934-2014) en versión de Octavio Paz

EN CELEBRACIÓN

Estás sentado en una silla, nada te toca, sientes
cómo se vuelve el viejo un ser más viejo, imaginas
sólo la paciencia del agua, el fastidio de la piedra.
Piensas que el silencio es la página de más,
piensas que nada es bueno, ni malo, ni siquiera
la sombra que invade la casa mientras tú miras, sentado,
cómo la invade. Otras veces la has visto. Tus amigos
pasan tras la ventana, en sus rostros la marca de la pena.
Quisieras saludarlos pero no puedes ni alzar la mano.
Estás sentado en una silla. Te vuelves hacia la yerbamora
que extiende sobre la casa su red ponzoñosa.
Pruebas la miel de la ausencia. Es lo mismo.
Dondequiera que estés, es lo mismo que se pudra
la voz antes que el cuerpo o que se pudra el cuerpo
antes que la voz. Sabes que el deseo lleva a la pena,
la pena a la consumación, la consumación
al vacío. Sabes que estos es diferente, esto
es la celebración, la única celebración,
sabes que si te das entero a la nada
habrás sanado. Sabes que hay alegría en sentir
cómo tus pulmones preparan su futuro de ceniza,
y así esperas, miras y esperas: el polvo se establece.
Rondan la sombra las horas milagrosas de la infancia.

Tres poemas de Galway Kinnell (1927-2014)

AURORA

En el lodo de la marea, casi
al ocaso, reptaban por docenas
las estrellas de mar. Se hubiera dicho
que el lodo fuera el cielo y lo cruzaran
grandes estrellas imperfectas
tan lentamente como cruzan
el cielo las estrellas de verdad.
Todas se detuvieron
y como si sencillamente
se hubieran vuelto más sensibles
a la fuerza de gravedad, se hundieron
en el lodo, desvaneciéndose,
y se quedaron quietas. Cuando el rosa
de la puesta del sol rompió entre ellas
eran tan invisibles
como son invisibles al alba las estrellas.


ESPERA

Espera, por lo pronto.
Desconfía de todo, si hace falta.
Pero no de las horas. ¿No te han llevado
hasta ahora a todas partes?
Tus asuntos serán de nuevo interesantes.
El pelo será interesante.
El dolor será interesante.
Los brotes fuera de estación recobrarán su encanto.
Los guantes de segunda mano recobrarán su encanto;
tienen recuerdos que hacen necesarias
otras manos. Y la desolación
de los amantes eso es: un gran vacío
cavado en estos seres minúsculos que somos
reclama ser colmado; un amor nuevo
es necesario por fidelidad al viejo.

Espera.
No te vayas tan pronto.
Estás cansado. Igual que todo el mundo.
Y nadie se ha cansado suficiente.
Espera un poco nada más y escucha.
La música del pelo,
la del dolor, y la de los telares
que traman otra vez nuestros amores.
Escúchala, será la única vez,
para que escuches, sobre todo,
los alientos de toda tu existencia,
que las penas ensayan y a sí misma se toca hasta agotarse.


OTRA NOCHE EN RUINAS

1
Cuando anochece
la niebla se oscurece en las colinas,
púrpura de lo eterno,
pasa un último pájaro
flop, flop— que adora
solo el instante.

2
Hace nueve años,
en un avión toda la noche en tumbos
sobre el Atlántico,
pude ver, encendida
por los rayos que le salían,
la cara de mi hermano en una nube
que miraba hacia abajo en el azul,
instantes del Atlántico
a la luz de un relámpago.

3
A veces me decía:
“¿Para qué sirve un día?
Esa hoguera que enciendes en la cima
de la desesperanza
podría iluminar el cielo inmenso,
aunque para incendiarlo, es cierto,
tendrías que arrojarte tú a las llamas…”

4
Se rasga el viento en los aleros
de estas ruinas, vacío,
flauta fantasma de los ventisqueros
que afuera en la tiniebla se levantan:
barrancas invertidas donde barre
la noche nuestras alas arrojadas,
nuestras plumas manchadas por la tinta.

5
Escucho.
No oigo nada. Solo
la vaca, la vaca
de este vacío, mugiendo
hasta los huesos.

6
¿Es eso un gallo?
Revuelve
la nieve
buscando
un grano.
Lo encuentra. Le saca llamas.
Se agita. Cacarea.
Brotan
de su frente las llamas.

7
¿Cuántas noches le tomará
a uno como yo aprender
que al fin no estamos hechos de ese pájaro
que se lanza a volar de sus cenizas,
y que nosotros,
cuando entramos en llamas, no tenemos
más trabajo que abrirnos
y ser
las llamas?

GALWAY KINNELL
Versiones de Aurelio Asiain
publicadas antes aquí, aquí y aquí.

 


 

La llave

Perugino: Cristo le entrega las llaves a San Pedro. Capilla Sixtina, 1481-82


LA LLAVE

La puerta
al huerto amurallado, ese lugar
en el que nunca he estado,
se abrió

con un sencillo giro
de la llave
que todos estos años
he cargado conmigo.

ROBIN ROBERTSON / a.a.
De Hill of Doors (2013), en Sailing the Forest: Selected poems, que salió hoy a la venta.

Tres poemas de Nathalie Handal

GAZA

En la pequeña franja
agujeros oscuros tragaban corazones
y un niño le dijo a otro
aguanta la respiración
cuando el viento nocturno
ya no sea el país de los sueños


GENTE DE GAZA

Morí antes de vivir
Viví una vez en una tumba
que no es bastante grande, ahora me dicen,
para todas mis muertes


PIECECITOS

Una madre ve a otra
—un mar de cuerpecitos
quemados o decapitados
las rodea—
y pregunta:
¿Cómo lloramos esto?

Trad. a.a

Three Poems for Gaza, aparecieron el 29 de julio en World Literature Today

El valle de los muñecos

Tomás Segovia por Tomás Segovia

Documental sobre el escritor Tomás Segovia realizado por Francina Islas para TV UNAM.

The Tsunami and the Cherry Blossoms

Carballo en viaje de remolque

EL ARTE DE CONVERTIR SOLAPAS EN MINIFALDAS

En la colección de Nuevos escritores mexicanos del siglo XX (no confundir con los nuevos del siglo XV) acaba de aparecer el libro correspondiente a Sergio Pitol. Su texto, del que no nos ocuparemos, queda sumido en un fenómeno general que merece analizarse. ¿Qué sentido tiene que en libros de 64 páginas haya previas presentaciones del autor, si se supone que va a presentarse a sí mismo, y sobre todo si el presentante del autopresentante es invariablemente la misma persona, aunque no tenga nada especial que decir?
La situación se vuelve caricaturesca cuando, además, la presentación de Emmanuel Carballo cita párrafos enteros del mismo Pitol. Como si fuera poco: párrafos donde Pitol se presenta a sí mismo. ¿Cómo se justifica entonces que no se presente solo? Quizá porque Carballo sabe aprovechar el trabajo de Pitol mejor que Pitol: usó esos párrafos en 1959, en 1965 y en esta nueva publicación, que no excluye la publicación aparte en algún suplemento, ni la Grandiosa recopilación de eminentes prólogos a escritores presentados por si mismos que pronto será anunciada.
Hasta el juicio de la obra de Pitol se hace con párrafos de Pitol. Con su grano de sal por supuesto, que es el toque que hace valer los párrafos ajenos, porque es sabroso y de propia cosecha: “En esta carta, Sergio Pitol ve su obra con justeza”…
Carballo ha descubierto algo importante para vestirse con todo libro que se publique en Mexico: la minifalda critica. Es un hábil trabajo de confección que consiste, no en reducir a lo esencial un buen estudio crítico, sino en extender una solapa con retazos de ropa usada hasta que llegue casi a las rodillas. No se vaya a creer con esto que Carballo dispone sus rodillas para doblarlas ante el escritor. Aunque su “critica” es positiva y laudatoria, como todas las solapas lo son, es ambivalente: se inclina ante el Nuevo Valor come quien otorga el Éxito.
La ambivalencia tiene sus ventajas. Si la situación fuese que Carballo es un gran escritor que se arriesga por un desconocido, no sería digno de tan gran escritor beneficiarse por eso. Se supondría que estaba hacienda un favor al escritor y un servicio a los lectores, y que su testimonio no estaba en venta, como los del tipo: “Yo también tomo Nescafé”. Pero ni sus servicios son gratuitos, ni Pitol, ni Elizondo, ni Sainz, ni Monsiváis, ni Leñero, necesitan su aval. El que los necesita para figurar es, precisamente, Carballo.
Por otra parle, si la situación fuese que Carballo trabaja en la editorial y redacta sus solapas, con las cuales se gana la vida, con todo derecho, no sería normal que las firmase. Es normal que las solapas sean el grueso de los anuncios de una editorial pera no que sean el grueso de las obras completes de un escritor. Cuando un escritor trabaja en escribir solapas, no se digna firmarlas. Las considera un trabajo servil, no un generoso aval firmado libremente y por cuenta propia.
¿Pero no es más bonito cobrar por acreditarse como Gran Acreditador, aprovechando el viaje de remolque en libros ajenos?

GABRIEL ZAID, 1966. Recogido en Cómo leer en bicicleta.

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