El blog de Aurelio Asiain

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Categoría: ritmo

“Nautilus” de Anna Meredith

Hands Free (BBC Proms 2012)
Yellow
Never wonder
Octet

La página web de Anna Meredith: http://www.annameredith.com/
Y su página de Twitter: @AnnaHMeredith

Música visual

En Japón suele tenerse al Chôju-jinbutsu-giga, un conjunto de cuatro rollos historiados que datan de fines de la era Heian, por el origen remoto del manga, aunque los siete siglos que median entre el monje Toba Sôjô (1053-1140), al que la obra se atribuye sin mucha certidumbre, y los manga de Hokusai, son sin duda demasiados. Pero el salto se explica por el carácter excepcional de la obra, en la que ranas, conejos, zorros y monos bailan, conversan, se entretienen en juegos y disputas u ofician ceremonias religiosas. No se trata de un relato, pero tampoco de una sucesión de imágenes inconexas: la secuencia, de tono festivo e intención satírica, es innegablemente rítmica, y aunque los hilos alusivos y simbólicos de la trama sean invisibles para el espectador no avisado y haya pasajes enigmáticos para los eruditos, la gracia de las imágenes es insuperable y la experiencia de verlas se parece mucho más a la de escuchar una pieza musical que a la de despachar una historieta ilustrada.

Porque aquí no se trata de ilustraciones: no hay ningún texto y es solo el dibujo lo que canta y cuenta. No es extraño que, entre las obras clásicas mayores del arte japonés, esta sea una de las más populares, y abundan las reproducciones completas —en rollos de diversas dimensiones, libros y videos como el muy deficiente que aparece en esta página— y fragmentarias —en revistas, tarjetas postales, pañuelos, camisetas, tazas, encendedores…—, pero muy rara vez se exhibe el original. En diez años en Japón, solo una vez pude no verlo: vislumbrarlo, parándome de puntas y alargando el cuello sobre las cabezas de los numerosos visitantes que recorrían parsimoniosamente el centenar de metros que sumaban los cuatro rollos extendidos en las vitrinas del Museo Nacional de Kioto.

Por suerte hay ya una aplicación gratuita para iPad que permite recorrer enteramente dos de los rollos, reproducidos con una calidad de imagen impecable. Las explicaciones están en japonés, pero no hacen falta para disfrutar del paseo y el curioso puede encontrar muchas más en inglés, y algunas en español, en la red.

La invención de Drexler

La espinela es la variante más popular de la décima octosilábica. Suele tomarse como canónica, y hay quienes entienden décima y espinela como sinónimos, pero hay formas distintas a la que fijó y popularizó el músico y poeta Vicente Espinel (1550-1624). La tercera de las Décimas de nuestro amor, de Xavier Villaurrutia, por ejemplo, es una espinela:

III
Por el temor de quererme
tanto como yo te quiero,
has preferido, primero,
para salvarte, perderme.
Pero está mudo e inerme
tu corazón, de tal suerte
que si no me dejas verte
es por no ver en la mía
la imagen de tu agonía:
porque mi muerte es tu muerte.


En cambio la cuarta no lo es:


IV
Te alejas de mí pensando
que me hiere tu presencia,
y no sabes que tu ausencia
es más dolorosa cuando
la soledad se va ahondando,
y en el silencio sombrío,
sin quererlo, a pesar mío,
oigo tu voz en el eco
y hallo tu forma en el hueco
que has dejado en el vacío.

En una y otra la distribución de las rimas es la de la espinela: dos series enfrentadas en espejo (abbaa/ccddc); pero solo la primera cumple con el requisito de que los cuatro versos iniciales formen una redondilla, una cuarteta de rimas abrazadas, tras la cual se desarrollan como glosa, comentario o réplica los seis versos siguientes, en una secuencia (abba/accddc) ligada a la anterior por la rima del primero, de modo que la espinela resulta divisible en dos de dos maneras, pues el corte sintáctico y el fonético ocurren en distintos puntos, que podrían señalarse así: (abba)(accddc).

A Jorge Drexler, que convalecía con una pierna rota (un día habrá que contar todo lo que la poesía le debe a las fracturas de pierna de los poetas), se le ocurrió hace ocho meses, para que cupieran en el espacio de un tuit, reducir los versos de la espinela a la mitad, pero conservando todas las rimas, volviéndolas internas, y la posición relativa del corte sintáctico, que ahora ocurre tras el segundo verso.

No hay espinela que quepa,
que yo sepa, en esta esquela.
La semiespinela ostenta
su cuenta de caracteres
que muere en ciento cuarenta.

Las rimas internas resaltan acentos habitualmente inadvertidos en los versos de arte menor, con el efecto de un enrarecimiento sonoro que molestó la primera vez que vi la estrofa. Pero hace un par de días leí este tuit:

Una frase sencillísima, de un doble sentido no inmediatamente perceptible y que coquetea sin escándalo con el vértigo y el absurdo. Supongo que fue la coma lo que desató la cadena de ecos:

Por cierto, todo es mentira:
respira conmigo el muerto.
Está despierto el dormido
que perdido me ha encontrado
no en lo dado, sí en lo ido.

Pensaba, claro, en la conversación con los difuntos del que lee al escribir, en el dormido despierto que habita cada conciencia: en Quevedo y en Villaurrutia. En la primera versión el verso final era más corto y podía leerse de ida y vuelta; en la segunda el segundo verso terminaba todavía con una coma y el tercero empezaba con una y. Los he cambiado por un punto para conservar la alusión al modelo, aunque advierto que la mayor parte de quienes han seguido la variación propuesta por Jorge Drexler lo han pasado por alto. Véanse los ejemplos que recoge Pedro Poitevin.

Mientras redacto lo anterior me entero de otra invención formal de Jorge Drexler, un juego de permutaciones. No sé más que lo que él mismo dice en el video.


Raro, orar

So many things appear at twilight

RESONARES

¿Oyes orar?

A la luz, al aire
sal, absorto.
Son los árboles.

Oído: Dios.

Él obra sol,
nosotros balas.

Erial azul, ala…

Raro, sé yo,

será no ser.

*

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¡Ah!

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Una distracción de Charles Simic

Charles Simic dedica la más reciente entrada de su blog en The New York Review of Books, un ensayito delicioso como todos los suyos, a su secreto para escribir, que no es otro que hacerlo en la cama. Muchos escritores lo hacen, admite, pero añade: “no he sabido de otros poetas que compongan en la cama… aunque ¿habría algo más natural que garabatear un poema con un bolígrafo en la espalda de la amada?” La frase llama la atención porque olvida un ejemplo ilustrísimo, que parece invocar la mención de la espalda: el de Goethe, que en una de las Elegías romanas dice célebremente:

Me exalta el suelo clásico, ya la dicha me inspira
y me hablan las voces del hoy y del pasado.
Los antiguos me guían; con mano fervorosa
los releo y con nuevo placer todos los días.
Pero Amor por las noches me ocupa de otro modo;
demediado el estudio, doblemente me esfuerzo.
¿Y nada sé de ver la forma de sus pechos
y trazar con la mano sus caderas? Comprendo
así lo que es el mármol; comparo y reflexiono,
porque mis ojos sienten y porque ven mis manos.
Si las horas de luz mi amada me escatima,
no hay de la noche una en que no sea mía.
A los besos suceden las palabras y al cabo,
cuando el sueño la vence, me quedo meditando.
Entre sus brazos muchos poemas he compuesto,
escanciando en su espalda con cautelosos dedos
hexámetros al ritmo de su respiración.
Aspirando su aliento me ardía el corazón.
El amor encendía su lámpara evocando
el tiempo en que fue así la luz del triunvirato*.

* Propercio, Tíbulo, Catulo

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