El blog de Aurelio Asiain

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Categoría: poesía

Amor después del amor

AMOR DESPUÉS DEL AMOR

Llegará el día
en que, con júbilo,
te recibas a ti mismo que llegas
hasta tu puerta, ante tu propio espejo,
y uno al otro sonriendo se den la bienvenida

y se digan: siéntate. Come.
Volverás a querer al extraño que has sido.
Saca el vino. Y el pan. Tu corazón, devuélvelo
a sí mismo, al extraño que te ha amado

toda la vida, al que ignoraste
por otro, al que te sabe de memoria.
Esas cartas de amor en las estanterías,

quítalas; y las fotos, las notas consternadas.
Corta tu propia imagen del espejo.
Y siéntate. Hoy hay fiesta en tu vida.

DEREK WALCOTT ~ versión de AURELIO ASIAIN

 

 

LOVE AFTER LOVE

The time will come 
when, with elation 
you will greet yourself arriving 
at your own door, in your own mirror 
and each will smile at the other’s welcome, 

and say, sit here. Eat. 
You will love again the stranger who was your self.
Give wine. Give bread. Give back your heart 
to itself, to the stranger who has loved you 

all your life, whom you ignored 
for another, who knows you by heart. 
Take down the love letters from the bookshelf, 

the photographs, the desperate notes, 
peel your own image from the mirror. 
Sit. Feast on your life. 

DEREK WALCOTT

 

* * *

Traigo desde aquí este poema que me recordó mi amiga Vanesa.

Póker

Esa noche a la mesa éramos cinco
jugadores: Padge, Kieran, Neal y yo
y tío Charlie, tendido en su ataud.
Le tocaba una mano a cada vuelta,
por turnos apostábamos por él
y tanto eran ganancias como pérdidas:
¿para qué iba a querer unas monedas?
¿Algo querría ganar más que la vida?
Pero cinco jugamos esa noche
y era de día ya cuando paramos.
Le dejamos las cartas esperando
que no se olvidará nunca del juego
de esa noche y Padge, Kieran, Neal y yo
desandamos la senda a nuestras camas
para dormir hasta enterrarlo y luego
volvimos a jugar hasta aceptarlo:
con tío Charlie se fue la buena mano.

*

 

MATTHEW SWEENEY
versión de Aurelio Asiain

Aquí, el original y la lectura del poeta.

Cueva del Sueño


Giulio Carpioni, Iris visita a Hypnos en la cueva del Sueño.

a partir de Ovidio*

Guarda el monte desierto una caverna
por los rayos del sol jamás tocada;
la tierra en torno
exhala
nubes de niebla
en un ocaso interminable,
la secreta morada
del dios del Sueño ocioso.
No hay ningún gallo que convoque al alba,
no hay gansos, perros ni animal alguno
que interrumpa el silencio, no hay ni ramas
por la brisa agitadas. Quietud solo
y, muy bajo, el murmullo del distante
Leteo y los guijarros que a su paso
mueve mientras susurra: duerme, duerme.
Afuera, exuberantes amapolas;
hierbas que sueltan en la noche jugos
e infunden en la tierra su indolencia,
su tibia gravedad.
No hay puertas: chirriarían las bisagras;
no hay guardián a la entrada.
En una plataforma en mitad de la cueva
hay una cama de ébano, abultada
de sábanas oscuras y negros almohadones
donde yace el dios mismo,
en qué lánguida paz hundido.
Por todos lados sueños vacíos lo rodean,
incontables igual que en la cosecha
los granos de maíz, las hojas en los árboles
del bosque, las arenas de la playa.

Penetra el mensajero de la diosa en la cámara,
le sacude los sueños que le cierran el paso.
La luz de su vestido va inundando la cueva,
y ya empieza a agitarse el Sueño: lucha
por levantar los párpados, en pesado letargo.
Lo intenta una y otra vez, y retrocede,
y hunde en el pecho la cabeza. Al fin
despierta, parpadea, abre los ojos
y, apoyado en un codo,
mirando a la mujer, sonríe.

*

ROBIN ROBERTSON,

en Hill of Doors

—versión de Aurelio Asiain

* Metamorfosis, XI

Cómo se elige al Papa

Un caniche que no levanta un palmo es un juguete.
Casi siempre un juguete es una imitación
de algo que usan los adultos.
A los papas con pelo sin cortar les dicen papas de cuerda.
Si el cabello de un papa no se cuida,
crece tan largo que se va enroscando
en largas trenzas que semejan cuerdas.
Los rizos son muy firmes si están cortos.
Los papas son muy inteligentes.
Los hay de tres tamaños diferentes.
Los mayores son papas estándar.
Los medianos son papas miniatura.
Podría seguir así, podría decir:
«He aquí papa cuadrado y ordenado,
de buenas proporciones, aire alerta
y expresión de curiosidad brillante»,
mas no lo haré. Cuando un caniche muere
todos los cardenales se reúnen
en el 7-Eleven más cercano.
Beben Slurpees hasta que hay alguno
que vomita, y lo invisten nuevo papa.
Ya con plenos poderes recorre las estepas,
a solas, día y noche, llueve o truene.
El nuevo Papa elige su nombre como papa,
«Wild Bill», «Buffalo Bill» o algo así.
Calza zapatos rojos con una cruz bordada al frente.
Casi no hay papa al que no llamen «Bebito», porque no hay
nada como crecer e irse volviendo papa.
No deja de crecerles y cambiarles el cuerpo,
pero hay cosas que a veces los hacen infelices.
Tienen que ir solos al baño,
y casi todo el tiempo están durmiendo.
Los padres no parecen capaces de ayudarlos a crecer.
Les repiten que no miren por las ventanas,
pero colman el cielo.
Se diría que están allí tranquilamente,
pero están aprendiendo algo más.
Quién sabe qué: no somos como ellos.
Ni siquiera podemos vestirnos como ellos.
Bichos rojos o ácaros parecemos al lado.
Creemos divertirnos cortando los monitos del periódico,
mientras en realidad comemos migajas de sus manos.
Somos pequeños gérmenes que no ve el microscopio.
Cuando un papa está listo para entrar en el mundo,
intentamos cantar, pero no ajustan bien las palabras y la música.
Hay papas de cuerpo entero un millón de veces más grandes que nosotros.
Abren la boca a intervalos regulares.
Muelen y muelen trozos de la cruz
y los escupen. Moscas negras se aferran a sus labios.
Una vez elegidos reciben un tazón de crema
y un cachorro. Las cejas son una protección
cuando el Papa atraviesa la espesura
en busca de su oveja.

*

JAMES TATE
señalado por Claudio López Lamadrid en el blog de Michael Robbins
versión de Aurelio Asiain

La poesía

Como el ciego diamante guarda una
chispa del primer fuego del planeta
presa en su red de hielo para siempre,
no queda en el poema el calor del amor,
sino apenas el átomo del amor que lo extrajo
del silencio: y si prenden las brasas encendidas
de su amor, el poeta oye su voz de pronto
impostada: un cantante de bar, un jactancioso
de su hondo sentimiento, o náufrago de violines;
pero si es más estable la luz que arroja, sabe
que cuando llegue al fin sonará el verso puro
anónima y sereno como fuente en el monte.
Bajo el cielo de azul indiferente, el agua
canta y no canta nada, no tu nombre, no el mío.

*

DON PATERSON,
de The Eyes, en Selected Poems

Versión de Aurelio Asiain

La casa del sueño

Soñé diez años con la misma casa:
me aprendí corredores y cornisas, las vetas
de tablones y duelas, cómo entraba la luz
cada hora en cada cuarto. De sueño en sueño, eran
cada vez más perfectos las líneas y los ángulos.

Andando el bosque este verano, cerca de un pueblo
en que nunca había estado, vi el portal conocido,
y detrás el sendero de siempre. Y allí estaba,
con cartel de se vende y rodeada de alerces,
pinos y sicomoros: la casa de mis sueños.

Así que toqué el timbre, y salió el propietario.
Le pregunté si no le resultaba extraño
que yo se la mostrara. A la izquierda, le dije,
está el recibidor, con sus libreros; gire
y verá el comedor, y detrás la cocina.

Subíamos a ver las cuatro habitaciones
de ventanas salientes y cortinas azules
pero algo me detuvo, en seco, en el rellano:
una puertita roja que no había visto nunca.
Me dijo que era nueva, la habían puesto ese día.

Le pregunté al bajar cuánto pedía. Era
tan poco que no pude ocultar mi sorpresa,
pero dije: la tomo. Me explicó lo barato:
es que estaba encantada. Dije que no importaba:
me venía muy bien, porque yo era el fantasma.

Hace un mes de eso, tengo las llaves ya y exploro,
conozco cada cuarto como mi propio cuerpo,
hasta que la puertita roja viene a mi mente.
Son demasiado grandes las llaves, salvo una
no mayor que la garra de un gorrión. Me arrodillo

y abro la cerradura. Y allí, en la oscuridad,
hay una casa en miniatura. Por las ventanas,
detrás de las paredes, vi a mi hijo sano y salvo.
Ha crecido tan poco. ¡Mírenlo nada más!
El niño que soñé murió hace ya diez años.

*

ROBIN ROBERTSON

*

De Hill of Doors

Versión de Aurelio Asiain

La casa del rumor

a partir de Ovidio

Hay un lugar en el centro del mundo,
entre la tierra y el cielo y el mar,
en que todo sonido puede oírse,
donde todo se ve.
Aquí vive el rumor,
que en lo alto de un monte hace morada.
Es una casa abierta
noche y día: un domo de aberturas
y ventanas dispuestas
como un millón de ojos que observan
fijamente, sin parpadear,
sin puerta ni cerrojo en sitio alguno.
Tienen oídos sus paredes.
Son oídos. La casa,
hecha toda de bronce
en finas hojas resonantes,
zumba incesantemente con palabras
que se repiten y replican, vuelta
y vuelta y vuelta y una vez
y otra vez en la baja
murmuración, la voz que se hace eco.
No hay lugar en silencio,
solo el murmullo de las voces
como olas susurrantes o apagado
rodar del trueno en su último desplome.
Casa tomada por las sombras
en la que van y vienen los fantasmas,
es huésped el rumor y la mentira
y la verdad se mezclan:
palabras, frases, hechos y ficciones,
fabricaciones, todo confundido.
Una historia se esparce a cada vuelta
y crece y cambia y cada quién la cuenta
poniendo a lo que oyó de su cosecha.
Todo aquí se vigila y se intercepta:
una legión de ángeles lo graba.
Viven aquí Credulidad y su imprudencia,
el temerario Error
y la Dicha insensata. Los Susurros
tienen aquí su casa y lado a lado
la Sedición de pronto, el Miedo trémulo.
El Rumor mismo
oye todo y ve todo
lo que ocurre en los cielos,
en el mar o en la tierra;
Guardia, vigía, cámara de ecos,
no olvida nada,
no olvida a nadie mientras barre el mundo.

ROBIN ROBERTSON

*

De Hill of Doors

Versión de Aurelio Asiain

La música de lo que pasa

Canción

Muchacha con carmín, ese serbal.
Y entre el camino real y el secundario,
goteantes en la húmeda distancia,
altos entre los juncos, los alisos.

Hay flores en el barro del dialecto
y en el tono perfecto siemprevivas,
y ese instante en que el pájaro que canta
sigue la música de lo que pasa.

Seamus Heaney

*

Es la segunda vez que traduzco este poemita. Mi primera versión tenía rimas, que surgieron naturalmente y sigo pensando que a una canción no le van mal, pero no están en el original. He conservado solo la última. No estarán de más un par de observaciones.
El serbal y el alisio son dos árboles importantes para la mitología celta. Según ciertas leyendas irlandesas el primer hombre provino del aliso y la primera mujer, del serbal. Así, la visión de la muchacha con carmín, brotada del rojo vivo de los frutos del árbol, alude además a un sustrato mítico. Las siemprevivas son las flores que así se conocen en México y en otros países como inmortales, flores de paja, flores de papel: helichrysum bracteatum. Imagen no de la eternidad sino de lo perdurable.
La última línea cita la frase del gigante mítico Fionn mac Cumhaill, que desafió a sus seguidores, los fianna, guerreros y poetas, a decir cuál era la mejor música del mundo, y les aclaro que no era ni el canto de la alondra, ni la risa de la muchacha, ni el bramido del ciervo, sino «la música de lo que pasa» —la música de las esferas, pero tal como suena en la lluvia o el arroyo.
No es necesario explicar que los ocho versos expresan un arte poética.

Robin Robertson: Dos poemas

MIS NIÑAS

Cuántas veces
me he tendido a su lado
ayudándolas a dormirse
con los cuentos de siempre;
cara a cara, sus manos en mis manos,
hasta que se deslizan en el sueño y puedo
soltar los dedos y escurrirme
escaleras abajo:
la cara en blanco,
llenas de trucos las manos.

*

A MIS HIJAS, QUE DUERMEN

Entre árboles que no puedo nombrar
llenos de pájaros que no distingo

veo a mis hijas crecer lejos de mí;
y el corazón está descoyuntado.

¿No hay tiempo ya, no puedo aprender todas
las palabras de amor mientras aún duermen?

ROBIN ROBERTSON/ a. a.
“My Girls” pertenece a The Wrecking Light; “To My Daughters, Asleep”, a Swithering.

Siete versiones en verso

I

El niño frotó la lámpara:
hizo saltar un conejo
equivocado de cuento.
En tanto el mago sacaba
en el teatro, del sombrero,
un genio perplejo.

II

Abrí al llamado la puerta
y dio al más allá mi cuarto
y vi mi suerte no incierta.
Era la muerte y no muerta:
con ansiedades de parto.

III

Oye pasar un gato negro allá,
más ligero que lluvia, por las cuerdas,
a la vista del árbol, tú que sabes.
Óyelo huir: quien sepa entenderá.

IV

Pudo ser cualquier calle, al mediodía.
¿Estábamos dormidos o despiertos?
Vi en su mirada que reconocía
en la mía la de uno de sus muertos.

V

«Qué árboles teníamos», me dijo.
Y se quedó mirándome tristísimo.
O mirando sin ver a un punto fijo.
Yo también como un árbol me había ido.

V

Por cierto, es todo mentira:
respira conmigo el muerto
y está despierto el dormido
perdido que me ha encontrado
no en lo dado, sí en lo ido.

VI

Es verdad y es un cuento:
escribir es hacerse viento.
Tengo la edad de este momento.

I La idea es de Paloma Zubieta López, que la anotó aquí.

II Sobre un tema recurrente de Pedro Poitevin.

III Le pas du chat noir es el título de un disco de Anouar Brahem, que mencionó Sasha Sokol, y todas las frases aluden a piezas de ese disco.

IV Refraseo y altero esta anécdota de Alberto Chimal.

V Apunte del natural.

VI: La primera frase, que disparó el resto, es de mi amiga Flo y la tomé de aquí.