CARPAS

por aurelio asiain

Estaba eligiendo verduras en el supermercado cuando se acercó.

—Hola. Mucho gusto. Soy Hanako, la vecina de arriba.

—Ah, nos hemos visto antes. Soy Adriana. Mucho gusto.

—Vivo con mi marido. Él habla un poco de español, porque ha viajado mucho por América Latina. Es médico. Yo soy bailarina, y doy clases de danza. Perdona que no me haya presentado antes.

—No, no, está bien. Yo debí hacerlo.

—¿Puedo poner una carta en tu buzón?

—Sí, claro.

Al otro día recogí un sobrecito de papel de arroz, como la hoja cruzada de unas cuantas líneas a mano, en letra muy clara y uniforme, que tal vez  habría escrito con una hoja rayada debajo.

“Espero que la humedad del verano no les haya resultado insoportable. Es pesada también para nosotros, pero el verde de los árboles es intenso, y pronto empezará a refrescar. Ya verás qué bonito es el dorado de los ginckos de la avenida. Me alegró que cambiáramos ayer unas palabras, y quisiera que conversáramos más. Te telefonearé esta tarde, a la una.”

A la una en punto sonó el teléfono. Hanako se disculpó por la intrusión y me preguntó si tendría tiempo para una taza de té más tarde. Quedamos a las cinco.

El té era de Uji. Lo había cultivado su familia durante siglos y era el único que bebía. “Por lo menos hay algo que sé cómo sabía en la lengua de mis antepasados.”

Me acostumbré a que, unos minutos después de salir de su casa, o ella de la mía, sonara el timbre del buzón de mi teléfono celular para anunciar siempre el mismo mensaje: “Hay un sobre en tu buzón”. Era un mapa del lugar en que nos encontraríamos al día siguiente.  Normalmente indicaba un café cerca de una estación de metro pero al que rara vez entrábamos. “Estamos un poco justas de tiempo”, decía, aunque siempre llegué puntualmente, y nos dirigíamos a la estación.

Un día sí nos detuvimos en el café. Quería prevenirme. Íbamos a visitar a Katsunori, pero había olvidado que ese día era aniversario de la muerte del abuelo, y tendríamos que pagar respetos ante el altar. ¿No me importaba? Siempre era un poco triste.

Pero Katsunori nos recibió con bromas, como siempre, y entre bromas, después de charlar un poco, nos invitó a saludar al abuelo. Ante el altar dejamos de sonreír, pero al ponerme de pie me animé a preguntarle algo que siempre me había intrigado.

—Y esas botellotas de sake que ponen en la ofrenda… ¿no te cuesta tirarlas?

—¿Cómo tirarlas?

—Sí, que sean solo para el muerto.

—¿Solo para el muerto? ¿Y los muertos no son generosos? ¿Crees que les gusta beber solos? Venga, vamos a acompañarlo…

Bebimos en silencio. Al servirme la tercera copa le pregunté por el anfitrión. Pero no me dijo nada.

—Era muy discreto. No creo que le guste que hablemos de él. No te sientas obligado. Mejor préstame ese aparato absurdo que usas —el teléfono celular: Katsunori dice que prefiere ir a tocar la puerta, aunque quede a cien kilómetros, pero siempre aprovecha los teléfonos de los demás—.

Quería llamar a un amigo del abuelo, solo para saludarlo, y decirle que no se olvidara. “Tiene que venir a verlo. No sé lo que quiera decirle.”

Hanako, mientras tanto, había salido al jardín con la mujer de Katsunori. Intentaban mostrarles los niños —tenían seis y siete años, si mal no recuerdo—  las constelaciones, pero ellos estaban más interesados en los peces del estanque. Tengo una fotografía, que tomé con el celular, de Hanako señalando al cielo con la vista en alto, mientras uno de los niños, de su mano, mira al estanque donde una carpa asoma la cabeza y abre inútilmente la boca.

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