El blog de Aurelio Asiain

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Categoría: poesía

Robin Robertson: En Roane Head

para John Burnside

Su casa se reconocía por las persianas
y por los cormoranes echados en el muro,
las cruces negras de las alas tendidas a secar.
También por el serbal y el pino que la ocultaban
del mar y de la breve luz del sol
y por el collie Aonghas, acostado a la puerta
donde murió: un bastidor de huesos, una trampa saltada.

Pasó una madeja de gansos, con el lento chirrido
de una sierra oxidada. Tiraba y enrollaba
quejoso el mar amargo y en el bosque
chillaron las palomas elevándose.

Había tenido cuatro hijos, muy bien lo supe,
todos torcidos. Ciegos de nacimiento, dicen,
boquiabiertos y simples y palmípedos
palos raquíticos. Bellos rostros, me han dicho,
pero vacíos como el aire.

Alguien los vio una vez afuera, renqueando
hacia la playa, chillando como ratas,
y dijo que eran buenos nadadores,
pero eso lo habría imaginado.

Su esposo la dejó: le dijo
que no podían ser suyos, que eran más
peces que humanos;
dijo que estaban hechizados,
y les buscó en la piel las marcas probatorias.

Durante años tendió cada difícil llama:
sus vacilantes cuerpos apretados.
Cada noche, para apagar el fuego,
cerraba las escamas de sus ojos.

Hasta que él volvió otra vez,
la última vez,
lleno de alcohol, diciendo
que estaba harto de aquello,
de toda esa brujería,
y los hizo pararse
en fila al lado de sus camas,
temblando. Aleteaban
sus manos; giraban los ojos
de arenque en sus cabezas.
Recorrió la fila
serenándolos
uno por uno
con una navajita.

Dicen que por las noches ella sale a tender
mantas sobre las tumbas para darles calor.
Con un dolor que haría salirse el corazón.

Una nutria en las hojas se agitaba, una garza
marchaba lentamente sobre el agua en el alba
en que llegué otra vez hasta su puerta.

De su collar colgaban cuatro piedras,
llevaba cuatro anillos en la mano
que me condujo más allá del cuarto
en el que ardían cuatro velas
y al que llamó «la sala de la lluvia ‘.
Subía humo lechoso desde la chimenea
como en una cascada inversa
y ella dijo mi nombre,
y fue lo único
y lo último que dijo.

Me dio un huevo de alondra en un lecho de hielo;
me dio caireles de mis cuatro hijos; me dio
la cabeza de su marido en una caja de madera.
Luego me dio la piel de foca, y me la puse.

*

Sobre este poema (cuyo original puede leerse aquí, junto a un video en que el autor lo lee) ha escrito Robin Robertson:

“At Head Roane”, de The Wrecking Light, es el segundo de una serie de poemas narrativos que he estado escribiendo desde el año pasado —todos situados en lugares ficticios de Escocia. Tienen algunos de los atributos de los cuentos populares, y algunos de los alegres temas habituales en el folklore: el asesinato, la violación, la venganza, la locura, la deformidad física, la brujería y lo sobrenatural. En este poema he invocado el mito celta de los selkie: criaturas que nadan como focas, pero que pueden volverse humanas al arrojar su piel. La transformación se revierte al ponerse de nuevo la piel de foca, pero si pierde la piel mágica o se la roban, la criatura está condenada a permanecer en forma humana. Ron —pronunciado roane— es el gaélico para «foca». Aunque con costras de sangre escocesa y sal del mar, este poema halló su cauce al mundo una tarde de Navidad en una casa-bote alquilada en Norfolk Broads.

Soneto del Fin del Mundo

Molaba mogollón la vaina, cuates,
mas el mundo no anduvo aún al choto—
Oí a mi madre: “¡Qué pinche alboroto!
Acá las tortas con sus aguacates”.

Éramos cien mil broders, mis primates:
Hoy horchata y mañana ni un poroto
ni trucha, aleros, guacha un terremoto,
que nos cacha con morra en los mecates.

Pintaba macanuda la charada
mas la matraca se nos vino abajo
con un sanseacabó. Puntilla dada.

Lo chanante devino en agua y ajo.
Era burda de fino, y ahora es nada,
parceros, que hasta Dios dijo: me rajo.

*

Traigo del tumblr de Pedro Poitevin este «soneto panamericano» que improvisamos hace tiempo en Twitter Aurelio Asiain, Mael Aglaia, Alan Mills, Javier Raya, Pedro Poitevin, Juan Luis Mora y Ezequiel Zaidenwerg, por incitación de este último.

vía Perplejidades – Soneto del Fin del Mundo.

El llano sentido de las cosas

Ya caídas las hojas, regresamos al llano
sentido de las cosas. Tal si hubiéramos
llegado al fin de la imaginación,
inanimada en un saber inerte.

Es difícil aun elegir adjetivo
para el soso vacío, la tristeza sin causa.
Ya es la gran estructura una casa ordinaria.
Ningún turbante pasa por los menguados pisos.

Nunca el invernadero se vio tan despintado.
Cincuenta años inclinan la chimenea a un lado.
Falló un tremendo esfuerzo, una repetición
en la repetición de hombres y de moscas.

Pero también había que imaginar la ausencia
de la imaginación. El gran estanque
y su sentido llano, sin reflejos ni hojas,
ni fango, ni el cristal de agua sucia, que expresan

el silencio ese, sí, el de rata al acecho,
el gran estanque, su derroche de lirios, todo
había que imaginarlo: conocimiento inevitable;
como algo necesario requiere, requerido.

WALLACE STEVENS
Versión de A. A.

Las capas

He andado muchas vidas,
entre ellas algunas mías,
y no soy el que era,
aun si algún principio queda
del ser del que me esfuerzo
por no alejarme.
Cuando miro hacia atrás,
como debo mirar
antes de reunir fuerzas
para seguir mi viaje,
veo empequeñecerse
los hitos hacia al horizonte
y alejarse los fuegos lentamente
de campamentos abandonados
que con pesadas alas rondan
ángeles de carroña.
Mis querencias más ciertas
me fueron convirtiendo en una tribu
desperdigada.
¿Cómo reconciliar el corazón
con su fiesta de pérdidas?
Se alza el viento y el polvo
maníaco de mis amigos,
los que fueron cayendo en el camino,
me da amargo en la cara.
Pero me vuelvo, sí,
me vuelvo, algo me exalta,
intacto el ánimo de ir
a donde necesite,
y cada piedra del camino
me resulta preciosa.
En mi noche más negra,
con la luna cubierta,
vagaba entre los restos,
y una nublada voz
de nimbo me lo dijo:
«Vivo en las capas,
no en la basura”.
Me falta el arte
para desentrañarlo,
pero sin duda el próximo capítulo
de mi libro de las transformaciones
está ya escrito.
No he terminado con mis cambios.

Stanley Kunitz
Versión de A.A.

Ocho poemas de Charles Simic

SANDÍAS

Entre la fruta
hay Budas verdes.

Comemos la sonrisa
y escupimos los dientes.


ESCOLARES CANOSOS

Los viejos tienen malos sueños,
duermen poco por eso.
Andan descalzos,
sin encender la luz,
o se quedan de pie, apoyados
en qué muebles tristísimos,
escuchando sus propios latidos.

Hay en el cuarto una ventana,
y es negra igual que una pizarra.
Cada viejo está solo
en el salón, fijos los ojos
en la delgada línea de gis
entre el estar aquí
y el ya no estar aquí.

No importa. Un vaso de agua,
eso venían a buscar,
aunque no nada más.
Escuchan: la pared tiene ratones,
un auto pasa por la calle,
sus padres muertos pasan arrastrando los pies
cuando van hacia la cocina.


EL ALMA TIENE MUCHAS NOVIAS

En la India me llamó la atención
una mosca en un templo;
me hizo sentir muy claramente
que tal vez, por qué no,
nos conociéramos de antes.

¿Fue en la ciudad de México? Trepaba
entre manchas de sangre las piernas amarillas
de aquel Cristo crucificado
y sus ojos crecían y crecían.
“Dios te siente en el trono eminentísimo
de Su reino invisible”.
Me lo dijo en inglés un pordiosero.
Era ciego. Sabia qué había visto.

En el bar donde Pancho Villa
disparó sus pistolas contra el techo,
en las nalgas al aire de la ninfa desnuda
del cuadro, que emergía de las aguas,
e internándose ahora sin pudor
por la nariz de Buda,
más confidente haciendo su sonrisa,
su mirada más bizca.


LA HABITACIÓN BLANCA

Lo obvio es difícil
de probar. Preferimos
lo oculto. También yo.
Escuchaba a los árboles.

Tenían un secreto,
y estuvieron a punto
de revelármelo:
nunca lo hicieron.

En el verano cada árbol
de mi calle tenía una
Sheherezada. Eran parte
mis noches de sus cuentos

salvajes. Me llevaban
por casas cada vez
más oscuras, por casas
abandonadas, mudas.

Alguien de ojos cerrados
habitaba en los altos.
Pensarlo me asombraba
y me quitaba el sueño.

La verdad: simple y fría,
dijo la mujer siempre
de blanco. No salía
apenas de su cuarto.

Al sol, una o dos cosas
que habían sobrevivido
la larga noche intactas,
las cosas más sencillas,

en su obviedad difícil.
No hacían ningún ruido.
Era un día de esos
que se llaman “perfectos”.

¿Los dioses disfrazados
de horquillas? ¿Un espejo
de mano? ¿Un peine
sin dientes? Nada de eso.

Las cosas como son,
sin parpadear, calladas
en su fulgor. Los árboles
esperaban la noche.


ANGUSTIADOS ANÓNIMOS

Nuestra secta del juicio final
tiene una membresía de millones.
La mesera que sale a echar fumadas
y ese perro amarillo junto al banco;
sabemos quiénes somos sin gafetes.

Confinados en invisibles cárceles,
hospitales y manicomios,
en la estación de vagas premoniciones,
pensamientos desordenados y pánico creciente.
Ayer le pegó al gordo algún suertudo
y a una vieja un ladrillo le cayó y la mató.
De qué forma esos viejos se toman de las manos…
Apenas han salido tal vez de un ascensor
que estuvo varias horas atascado,
y respiran agradecidos mientras llegan
preocupaciones frescas a oscurecer su día.


SOLEDAD

La única casa que tú y yo tuvimos.
No mayor que una caja de cerillas
—o vasta como el cielo constelado—
y contigo como único inquilino,
feliz de tener pulga que rascarse
mientras se pone a recordar la noche
en que oyó que llamaban a la puerta.

Te daba miedo abrir, pero lo hiciste.
Preguntó si tendrías una vela.
Respondiste que no tenías ninguna.
Se quedaron mirándose las caras
entre los dos departamentos negros,
sin saber qué decir ni tú ni ella
antes de darse al fin los dos la espalda.


EL SAPO

Durante un tiempo mis amigos
no me verán en la ciudad.
No iremos por las calles
bien entrada la noche
llamándonos a gritos, señalando
tal o cual vista espléndida
o aterradora, tanto
que cómo darle nombre a la carrera.

Paso unos días en el campo.
Me pongo en pie temprano,
oigo los pájaros
que saludan el día
y cuando callan
oigo las hojas en el viento;
abundan aquí tanto
como allá en tu ciudad las multitudes.

Dios nunca hizo un día tan hermoso,
me dijo una vecina.
Luego se fue y yo me senté a la sombra
y me quedé rumiando aquello.
Un sapo salió entonces de la hierba
y, viendo que era inofensivo,
saltó sobre mi pie rumbo al estanque.


EN LA BIBLIOTECA
                     para Octavio


Hay un libro que se llama
“Diccionario de los ángeles”.
Hace cincuenta años que no lo abre nadie.
Lo sé porque, cuando lo hice,
las cubiertas crujieron y las páginas
se deshicieron. Me enseñaron

que los ángeles fueron abundantes
como especies de moscas.
Cuando se hacía de noche, el cielo
se llenaba de ángeles.
Había que agitar los brazos
a cada rato, para espantarlos.

Ahora brilla el sol
tras las altas ventanas.
La biblioteca está siempre en silencio.
Los dioses y los ángeles se apiñan
en oscuros volúmenes no abiertos
nunca por nadie. El gran secreto
yace en algún estante ante el que pasa
cada día Miss Jones, que hace su ronda.

Es muy alta, y mantiene
la cabeza inclinada, igual que si escuchara.
Son los libros: susurran.
Yo no, pero ella escucha.

 


Versión de A. A.

Silencio

Bajo un roble de invierno yo dejé de cantar
El cielo tras el roble descendió como nieve
La nevada nocturna cesó ya en la mañana
No ha vuelto el corcel negro sobre el que yo cantaba
Los ojos del corcel eran lagos de negro
En los que inmensos llanos se inundaban de lágrimas
En los que eran barridos los años hasta el negro
El viento hizo perderse al corcel por el cielo
El viento convirtió en fruta sus huesos
El viento va a arrancar el roble de la tierra


Ouyang Jianghe
versión de A. A.
de la versión inglesa de Austin Woerner en Doubled Shadows.

Un papalote en llamas

 

Qué gran cosa si todos pudiéramos volar.
Pero alzarte en el aire no te convierte en pájaro.

Me enferman las burbujas silbantes de champán.
Es primavera y todos tienen qué vomitar.

Cierto: una vida libre está hecha de palabras.
Uno puede arrugarla, puede arrojarla al cesto,

ponerla entre los cuerpos de los ángeles para
obtener dirección permanente en el cielo.

Ya sea que aleteen hacia la V de las tijeras
o estén en las paredes impresos y pegados

o armados y amarrados con cuerdas, marcos de bambú,
o condenados a morir por fuego,

tú ante todo y al fin
y al cabo eres ceniza.

Pero es cosa del aire este fulgor.
Alza tu copa aun más, arrójala muy alto.

Pocos conocen este vertiginoso júbilo:
en el cielo vacío, dos alas encendidas.

Ouyang Jianghe
versión de A. A.
de la versión inglesa de Austin Woerner en Doubled Shadows.

El poeta se lava la cabeza

Miro el peine y el agua, y lo que va cayendo.
Lejos mis años y el que fui, ya no me tengo.
No me digas que pierdo cada día el cabello:
mira crecer mejor las barbas de mis nietos.

Shimada no Tadaomi (829 – 891)

*


Kanshi: poema japonés escrito en chino.De la versión inglesa de Burton Watsonen Japanese Literature in Chinese, Columbia University Press, 1975. Corrijo la versión publicada aquí.

washing head

«Washing head» ©dejoule160

No habrá paz

Aunque la suave claridad del tiempo
otra vez en las playas de tu aprecio sonría
y vuelvan sus colores, te cambió la tormenta:
ya nunca olvidarás la oscuridad
que enturbió tu esperanza, el vendaval
que anunció tu caída.

Debes vivir con lo que sabes.
Hay otros más allá, fuera de ti,
en ausencias sin luna que tú ignoras
pero saben de ti sin duda alguna:
quién sabe de qué son y de qué género,
pero tú no les gustas.

¿Qué les has hecho? ¿Nada?
Nada no es una respuesta:
llegarás a creer, cómo no hacerlo,
que lo has hecho, que algo les has hecho;
llegarás a desear hacerles gracia
y a querer su amistad.

Nunca habrá paz.
Pelea pues con todo tu coraje,
todas las sucias tretas que conozcas,
y tenlo bien en mente:
tanto les da la causa que tuvieran,
pues odian sólo por odiar.


W. H. Auden,
versión de A. A.

Señor, las elecciones del domingo

Señor, las elecciones del domingo
fueron un solemnísimo fandango,
pues el pueblo mostrándose zanguango
la vez quinientas mil sirvió de mingo.

Ni dar siquiera pretendió un respingo
al notar que lo echaban en el fango:
¡preso de tus sayones en el mango
no llegó a hacer papel ni de relingo!

Por eso, santo, ante tus plantas vengo
y un proyecto “de chapa” te propongo
que te pruebe el cariño que te tengo:

declara que la patria vale un hongo,
declara que el país es Tianguistengo
y sácanos ¡pardiez! hasta el mondongo.

* * *

Tu prensa que te alaba por la sopa
hace en diversos tonos que se sepa
que tu candidatura ya se trepa
sobre todas las otras viento en popa.

Y aunque con las mentiras hace tropa
y por eso en sus cálculos discrepa,
ya no encuentra camisa que le quepa,
y ancha se está poniendo como estopa.

Mas hoy tu gente que al erario chupa
ve que no queda ya ni una zurrapa,
y eso, glorioso santo, la preocupa….

Si los quieres hartar hasta la chapa
haz un esfuerzo solo, grita ¡upa!
Y das un brinco y te declaras Papa.

Ireneo Paz (1836-1924)

Hace doce años, cuando editaba la revista (paréntesis), Napoleón Rodríguez me regaló una copia del tercer tomo de Cardos y violetas, la “colección de poesías, dramas y sonetos festivos” de Ireneo Paz (1836-1924). Leí de un tirón y con enorme regocijo las casi cuatrocientas páginas afiladas —una fiesta verbal de rimas y lances rítmicos, aliteraciones, juegos de palabras, apodos más o menos transparentes, ironías que el tiempo ha oscurecido, sarcasmos indelebles—, recogí unos cuantos en las páginas de aquella revista y me hice la ilusión de que, habiéndose reeditado hacía poco Algunas campañas (El Colegio Nacional / Fondo de Cultura Económica, 1996) con un postfacio conmovedor en que Octavio Paz señala con justicia que los sonetos de su abuelo “se cuentan entre lo mejor de la poesía satírica del siglo XIX”, algún editor tendría pronto la buena idea de lanzar una edición moderna de los tres tomos —el primero o el segundo recoge los poemas filosóficos y eróticos del autor, alabados en su tiempo—, pero me quedé con las ganas. Hace un momento descubrí que ese mismo tercer tomo se puede descargar o leer en línea en Google Books, de donde bajé la copia que he subido a Issuu e Internet Archive, en donde se lee mejor y de donde se puede descargar en múltiples formatos (pero no insertar aquí).