El blog de Aurelio Asiain

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Catorce historias de ida y vuelta

LÁMINA

Leed: es en el lodo. Toda mala,
ama la dama de seda ser pétalo.
Late, presa de sed amada.

Lama al amado todo.
Llénese de él, animal.

 

NADA: ERES ÉL

Eva usa yerba:
es ave de su sala.

Se eleva
de su sal a su sed:
ave le es.

Ala su sed,
Eva se abre ya suave.

Le seré Adán.

*

Adán y Eva,
la sola pareja,
pares amaba.

Se besaba: saberes
de seda; de sed
se rebasaba: se besaba.

Mas era pajera:
palos al ave y nada…

*

—¿Anulada la edad, no somos nada?
—Ser Eva da cadáveres, Adán.
—Somos onda de alada luna.

*

—Yo solo soy seré y así me doy.
—Yo de mis ayeres yo solo soy.

 

LA SAL, ACÁ

De sí me da: de mi sed.
Alba hay acá: la calaca
al osario no irá sola.
Acá la calaca ya habla
de si me da de mi sed,
acá, la sal.

*

Ella cala, él asoma:
amor, bares, amor.
Ama, desleal, la calle
de sed. De sed,
ella calla; él se da
maroma: será broma.
Amo, sale a la calle.

*

Si no da de su sed,
¿ama ese mocetón?
A ti, modoso sodomita,
no te come: se ama,
de su sed Adonis.

 

ÁCIDAS

Yo, harta, lo diré ya:
al alba, herido,
soñará vacío el rey.
Ayer le oí cavar,
añoso —diré.

Habla la ayer idólatra,
hoy sádica.

 

RAMA

Amor al aire y azar,
nosotros baraja somos:
somos ajar, absorto son,
raza y erial, aroma a mar.

*

Arena, bahía,
cielo y sol sumo:
muslos yo leí.
Caí, habanera.

*

Roma. Sábado. Sábanas.
La sed ataca: la resaca
será la cata de sal.

¿Sanabas o dabas amor?

*

Soñaba, iba hondo…
God! ¡No había baños!

 

ANÓMALA

Si nada da de su seda,
dad anís a la mona.

 

 

Solo sabe ser sombra

«Nautilus» de Anna Meredith

Hands Free (BBC Proms 2012)
Yellow
Never wonder
Octet

La página web de Anna Meredith: http://www.annameredith.com/
Y su página de Twitter: @AnnaHMeredith

Siete versiones en verso

I

El niño frotó la lámpara:
hizo saltar un conejo
equivocado de cuento.
En tanto el mago sacaba
en el teatro, del sombrero,
un genio perplejo.

II

Abrí al llamado la puerta
y dio al más allá mi cuarto
y vi mi suerte no incierta.
Era la muerte y no muerta:
con ansiedades de parto.

III

Oye pasar un gato negro allá,
más ligero que lluvia, por las cuerdas,
a la vista del árbol, tú que sabes.
Óyelo huir: quien sepa entenderá.

IV

Pudo ser cualquier calle, al mediodía.
¿Estábamos dormidos o despiertos?
Vi en su mirada que reconocía
en la mía la de uno de sus muertos.

V

«Qué árboles teníamos», me dijo.
Y se quedó mirándome tristísimo.
O mirando sin ver a un punto fijo.
Yo también como un árbol me había ido.

V

Por cierto, es todo mentira:
respira conmigo el muerto
y está despierto el dormido
perdido que me ha encontrado
no en lo dado, sí en lo ido.

VI

Es verdad y es un cuento:
escribir es hacerse viento.
Tengo la edad de este momento.

I La idea es de Paloma Zubieta López, que la anotó aquí.

II Sobre un tema recurrente de Pedro Poitevin.

III Le pas du chat noir es el título de un disco de Anouar Brahem, que mencionó Sasha Sokol, y todas las frases aluden a piezas de ese disco.

IV Refraseo y altero esta anécdota de Alberto Chimal.

V Apunte del natural.

VI: La primera frase, que disparó el resto, es de mi amiga Flo y la tomé de aquí.

París vs Nueva York

<p><a href=»http://vimeo.com/49545320″>Paris vs New York</a> from <a href=»http://vimeo.com/user8847205″>TonyMiotto</a> on <a href=»http://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Visto en un tuit de @echamussy retuiteado por @tuiteante.

Así se imprime un grabado de Utamaro

El maestro Keizaburo Matsuzaki imprime al modo tradicional un grabado de Kitagawa Utamaro (1754-1806) con la imagen de Takashima Ohisa. Matsuzaki tiene su taller en Tokio y es impresor desde los quince años.

Robin Robertson: En Roane Head

para John Burnside

Su casa se reconocía por las persianas
y por los cormoranes echados en el muro,
las cruces negras de las alas tendidas a secar.
También por el serbal y el pino que la ocultaban
del mar y de la breve luz del sol
y por el collie Aonghas, acostado a la puerta
donde murió: un bastidor de huesos, una trampa saltada.

Pasó una madeja de gansos, con el lento chirrido
de una sierra oxidada. Tiraba y enrollaba
quejoso el mar amargo y en el bosque
chillaron las palomas elevándose.

Había tenido cuatro hijos, muy bien lo supe,
todos torcidos. Ciegos de nacimiento, dicen,
boquiabiertos y simples y palmípedos
palos raquíticos. Bellos rostros, me han dicho,
pero vacíos como el aire.

Alguien los vio una vez afuera, renqueando
hacia la playa, chillando como ratas,
y dijo que eran buenos nadadores,
pero eso lo habría imaginado.

Su esposo la dejó: le dijo
que no podían ser suyos, que eran más
peces que humanos;
dijo que estaban hechizados,
y les buscó en la piel las marcas probatorias.

Durante años tendió cada difícil llama:
sus vacilantes cuerpos apretados.
Cada noche, para apagar el fuego,
cerraba las escamas de sus ojos.

Hasta que él volvió otra vez,
la última vez,
lleno de alcohol, diciendo
que estaba harto de aquello,
de toda esa brujería,
y los hizo pararse
en fila al lado de sus camas,
temblando. Aleteaban
sus manos; giraban los ojos
de arenque en sus cabezas.
Recorrió la fila
serenándolos
uno por uno
con una navajita.

Dicen que por las noches ella sale a tender
mantas sobre las tumbas para darles calor.
Con un dolor que haría salirse el corazón.

Una nutria en las hojas se agitaba, una garza
marchaba lentamente sobre el agua en el alba
en que llegué otra vez hasta su puerta.

De su collar colgaban cuatro piedras,
llevaba cuatro anillos en la mano
que me condujo más allá del cuarto
en el que ardían cuatro velas
y al que llamó «la sala de la lluvia ‘.
Subía humo lechoso desde la chimenea
como en una cascada inversa
y ella dijo mi nombre,
y fue lo único
y lo último que dijo.

Me dio un huevo de alondra en un lecho de hielo;
me dio caireles de mis cuatro hijos; me dio
la cabeza de su marido en una caja de madera.
Luego me dio la piel de foca, y me la puse.

*

Sobre este poema (cuyo original puede leerse aquí, junto a un video en que el autor lo lee) ha escrito Robin Robertson:

“At Head Roane”, de The Wrecking Light, es el segundo de una serie de poemas narrativos que he estado escribiendo desde el año pasado —todos situados en lugares ficticios de Escocia. Tienen algunos de los atributos de los cuentos populares, y algunos de los alegres temas habituales en el folklore: el asesinato, la violación, la venganza, la locura, la deformidad física, la brujería y lo sobrenatural. En este poema he invocado el mito celta de los selkie: criaturas que nadan como focas, pero que pueden volverse humanas al arrojar su piel. La transformación se revierte al ponerse de nuevo la piel de foca, pero si pierde la piel mágica o se la roban, la criatura está condenada a permanecer en forma humana. Ron —pronunciado roane— es el gaélico para «foca». Aunque con costras de sangre escocesa y sal del mar, este poema halló su cauce al mundo una tarde de Navidad en una casa-bote alquilada en Norfolk Broads.

Soneto del Fin del Mundo

Molaba mogollón la vaina, cuates,
mas el mundo no anduvo aún al choto—
Oí a mi madre: “¡Qué pinche alboroto!
Acá las tortas con sus aguacates”.

Éramos cien mil broders, mis primates:
Hoy horchata y mañana ni un poroto
ni trucha, aleros, guacha un terremoto,
que nos cacha con morra en los mecates.

Pintaba macanuda la charada
mas la matraca se nos vino abajo
con un sanseacabó. Puntilla dada.

Lo chanante devino en agua y ajo.
Era burda de fino, y ahora es nada,
parceros, que hasta Dios dijo: me rajo.

*

Traigo del tumblr de Pedro Poitevin este «soneto panamericano» que improvisamos hace tiempo en Twitter Aurelio Asiain, Mael Aglaia, Alan Mills, Javier Raya, Pedro Poitevin, Juan Luis Mora y Ezequiel Zaidenwerg, por incitación de este último.

vía Perplejidades – Soneto del Fin del Mundo.

Ai Weiwei baila Gangnam

Artist, Yes, Dancer, No: Ai Weiwei Does Gangnam

El llano sentido de las cosas

Ya caídas las hojas, regresamos al llano
sentido de las cosas. Tal si hubiéramos
llegado al fin de la imaginación,
inanimada en un saber inerte.

Es difícil aun elegir adjetivo
para el soso vacío, la tristeza sin causa.
Ya es la gran estructura una casa ordinaria.
Ningún turbante pasa por los menguados pisos.

Nunca el invernadero se vio tan despintado.
Cincuenta años inclinan la chimenea a un lado.
Falló un tremendo esfuerzo, una repetición
en la repetición de hombres y de moscas.

Pero también había que imaginar la ausencia
de la imaginación. El gran estanque
y su sentido llano, sin reflejos ni hojas,
ni fango, ni el cristal de agua sucia, que expresan

el silencio ese, sí, el de rata al acecho,
el gran estanque, su derroche de lirios, todo
había que imaginarlo: conocimiento inevitable;
como algo necesario requiere, requerido.

WALLACE STEVENS
Versión de A. A.

Claude Monet pinta en su jardín

*

Claude Monet en su jardín de Giverny. Del documental de Sacha Guitry Ceux de chez nous (1915). Visto en Open Culture.