El blog de Aurelio Asiain

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Todo el Cuaderno, tal cual

Primera página del Quadern gris, 8 de marzo de 1918

No lo sabía hasta ahora que la he encontrado por accidente, y es una obra que me habría gustado ver desarrollarse por segunda vez de principio a fin como hace treinta años en una Barcelona ocre y gris, ventosa y de llovizna, como la del libro. El Quadern gris que Josep Pla —ese Montaigne del Ampurdán, como lo llamó Andrés Trapiello— llevó del 8 de marzo de 1918 al 15 de noviembre de 1919 y no dio a la imprenta sino casi medio siglo después, pero reescribiéndolo a tal grado que hay quien habla de una mixtificación y aun de una obra de ficción, como si no lo fuera en mayor o menor medida toda autobiografía, y que constituye en cualquer caso uno de los grandes diarios de todas las épocas y una obra mayor de la literatura del siglo XX, volvió a publicarse 90 años después siguiendo el ritmo con que se escribió el ideal original, del 8 de marzo de 2008 al 15 de noviembre de 2009, en un blog, bloGQ con ilustraciones que me habría gustado tener en la versión que llevo en la tableta.

Los cacahuates japoneses… son japoneses

México, se dice, es un país con una fuerte identidad cultural. Paradójicamente, esa fortaleza necesita autoafirmarse constantemente con pruebas tan rotundas como las pirámides o tan inapelables como los certificados de patrimonialidad universal que extiende la UNESCO, previa negociación diplomática. En algún momento de su formación, todo mexicano accede a dos revelaciones definitivas. Una es que en un concurso de himnos nacionales el de México obtuvo el segundo lugar, solo después de la Marsellesa. Una búsqueda en Google revela que ese segundo lugar lo comparten todos los países de América Latina, junto con la convicción de que la Marsellesa es insuperable. La otra revelación es más modesta, pero indisputada y con respaldo académico: que los cacahuates japoneses son mexicanos.

En su trabajo sobre los migrantes japoneses en México, Japoneses la comunidad en busca de un nuevo sol naciente (sic), Sergio Hernández Galindo dice de “los ahora famosos y mal denominados cacahuates japoneses, que siguen fabricando, entre otras familias, los Nishikawa y los Nakatani”, que

En 1945, Yoshigei Nakatani fundó una de las primeras empresas que elaboró (sic) un cacahuate enharinado y sazonado con salsa de soya conocido como cacahuate japonés, aunque en realidad no había sido consumido en Japón. El joven Nakatani llegó a México en 1932 como empleado de la empresa El Nuevo Japón del señor Kato, para iniciar la factura del botón de concha que tuvo mucho éxito pero que, al desatarse la guerra, dejó de fabricarse. En un principio los cacahuates se preparaban en un pequeño local ubicado en La Merced y la distribución se hacía de mano en mano.

Los consumidores iban a comprar los cacahuates con el japonés, de ahí el origen de su nombre. El señor Nakatani poco antes de la guerra se casó con una joven mexicana, lo que le permitió trabajar durante el periodo de concentración sin ser recluido. «Mi abuelo —dice su nieta Claudia Nakatani— iba con su diablito a vender lo que había producido en la mañana, el objetivo era sacar el día a día.»Décadas después, se fue dando forma a la empresa y se le dio el nombre de Nipón, que actualmente sigue distribuyendo el producto. Entre 1950 y 1975 los clientes de Nipón fueron mayoristas de La Merced y la Central de Abastos, lo que permitió que el negocio pasara de ser un pequeño establecimiento a una empresa en 1975 y se registrara la marca en 1977. A pesar de la fuerte competencia de empresas como Bimbo, Sabritas y Mafer, que empezaron a participar en el mercado al ver la gran demanda de ese producto, Nipón sigue produciendo los famosos cacahuates japoneses.

Sí, eso cuenta Claudia Nakatani en el artículo publicado por El Universal el 2 de agosto de 2006, del que Hernández Galindo toma la información. Pero hay otra versión: la del propio Yoshigei Nakatani, que al final del libro de memorias Ese árbol aún sigue en pie (México, Impresos Garoli, 2006) cuenta el inicio de la producción de cacahuates japoneses y la formación de la empresa que los produjo primero, Productos Nipón, pero también, muchas páginas antes, habla de cómo trabajó siendo adolescente en una fábrica de dulces de su pueblo natal, Sumotoshi, en la que aprendió a hacer los muéganos que luego elaboraría en México: “Esta dulcería era la más grande de la isla. Frecuentemente llegaban agentes de Osaka, con muestras de dulces finos y entre esas muestras trajeron el llamado cacahuate japonés”. (p. 55)

Los cacahuates japoneses son una variedad de mamekashi: golosinas elaboradas con semillas (frijol, chícharo, cacahuate) cubiertas de harina condimentada, que (según resume esta página de la empresa Mamekichi) llegaron a Kioto desde China en el siglo XV, a través de los monjes zen. Entre las muchas variedades que se consumen en Kioto hay dos o tres muy parecidas a la que popularizó Nakatani en México.

Raro, orar

So many things appear at twilight

RESONARES

¿Oyes orar?

A la luz, al aire
sal, absorto.
Son los árboles.

Oído: Dios.

Él obra sol,
nosotros balas.

Erial azul, ala…

Raro, sé yo,

será no ser.

*

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De Marina Tsvetaeva a Ana Ajmatova, por Dmitri Shostakovich

El sexto de los Seis poemas de Marina Tsvetaeva de Shostakovich es el dedicado a Ana Ajmátova. La traducción del poema, que podría sin duda mejorarse, esta tomada de esta página, donde hay otras debidas a Severo Sarduy.

A Ajmatova

¡Oh musa del llanto, la más bella de las musas!
Oh loca criatura del infierno y de la noche blanca.
Tú envías sobre Rusia tus sombrías tormentas
y tu puro lamento nos traspasa como flecha.

Nos empujamos y un sordo ah
de mil bocas te jura fidelidad, Anna
Ajmátova. Tu nombre, hondo suspiro,
cae en un hondo abismo que carece de nombre.

Pisar la tierra misma que tú pisas, bajo tu mismo cielo;
llevamos una corona.
Y aquél a que a muerte hieres a tu paso
yace inmortal en su lecho de muerte.

Sobre esta ciudad que canta brillan cúpulas,
y el vagabundo ciego canta loas al Señor…
Y yo, yo te ofrezco mi ciudad con sus campanas,
Ajmátova, y con ella te doy mi corazón.

Versión de Monika Zgustová


					

Las balas y el badajo

El soldado

No era malo al nacer. Pero ahora anochece
y, humillando a las lámparas, aunque es ciego, se enciende.

Lleva un gorro de piel rojiza en la cabeza
y cuelgan en su bolsa dos balas de mosquete.

Ho Xuang Huong 
Ho_Xuan_Huong.png

Ho Xuan Huong

Publiqué esta traducción en el número 11 de (paréntesis) en junio de 2001. Desde luego no es directa: vierte la espléndida versión de John Balaban en Spring Essence, que incluye la poesía casi completa de Ho Xuang Huong.

Se sabe poco de la legendaria poeta, cuyo nombre significa “esencia de primavera”. Debió de nacer en Vietnam entre 1775 y 1780. Fue concubina de Tran Puc Hien, gobernador de la provincia de Yen Quang (hasta que, acusado de aceptar un soborno, fue ejecutado por orden del Emperador), quizá del prefecto de Vinh Tsuang y sin duda de cierto funcionario menor, del que se burla en algún pasaje. Poco después de su muerte, hacia 1820, su tumba se volvió lugar de peregrinación y tópico poético. Quizá no sea autora de todos los poemas que se le atribuyen: hubo quienes se acogieron a la sombra protectora de su nombre para publicar algunos que, como los suyos, transgredían abiertamente la ética confuciana haciendo escarnio del matrimonio y de los hombres como de funcionarios y sacerdotes. No es extraño que la poesía de Ho Xuang Xuong recurra con frecuencia al doble sentido y la alusión. Sorprende que haya sido escrita en Hanoi a principios del siglo XIX y no en Berkeley o Nueva York a fines del siglo pasado. El poema de esta página, por ejemplo, hace pensar en el muy conocido de Sharon Olds:

;

El pene del Papa


Cuelga debajo de sus ropas, suave
badajo, corazón de la campana.
Se mueve si él se mueve, pez en un fantasmal
halo de algas de plata, la pelambre
meciéndose en lo oscuro y el calor —y en la noche,
ya vencidos los párpados, se yergue
para alabar a Dios.

Sharon Olds

Cómo ver a la vuelta de la esquina

Explicación escrita en Nature. Visto gracias a Maria Popova.

 

“¡Larga gloria a Díaz Ordaz!”

Lo primero que supe de Vietnam fue tal vez que allá había una guerra, de la que seguramente vi imágenes en el periódico y la televisión que ya se me han desvanecido, o que he visto después muchas veces sin saber desde cuándo las conozco. Pero mi primer recuerdo consciente de Vietnam no es visual sino auditivo. Es la consigna que coreaban los manifestantes en las marchas de 1968 a las que fui de mano de mi madre:

¡Ho-Ho-Ho,
Ho Chi Minh!
¡Díaz Ordaz:
chin chin chin!

Me hizo gracia descubrir, a estas alturas del partido y mientras nos sentábamos a tomar cerveza y ver pasar motocicletas desde la terraza —es un decir— de un bar de Pham Ngu Lao, en Hanoi, que la parte final del estribillo tenía sentido en la lengua del Tío Ho y era además un nombre propio: el de una cadena de minisupermercados. Una amiga vietnamita me explicó poco después el sentido del nombre y me dio la sorpresa mayor: el 9 (chin) es un número de buena suerte en Vietnam y 999 significa “que la buena fortuna te acompañe largamente”. O sea que los manifestantes coreaban algo así como “¡Larga gloria a Díaz Ordaz!”.

14 de marzo, 2009.

*

Hace casi exactamente tres años, al volver de un viaje a Vietnam, puse esta nota en mi página de Facebook (que entonces podía diseñarse como la de una pequeña revista personal y por lo mismo usaba yo mucho, no como ahora, que apenas me asomo por ahí) y nueve meses después, porque se le ocurrió a Luis González de Alba, la reprodujo Nexos en línea. La traigo para no perderla; y porque la anécdota me gusta.

Como los gatos

The call of a reflected lamplight


 

Transitamos también, como los gatos,

por siete vidas, pero simultáneas.

A saber por qué sueños habré andado.

Ese azul es azul de otra ventana.

 

Publicado originalmente aquí y así.

Poema en blanco

La cabeza apoyada en ambas manos,
miro la hoja de papel en blanco.

Miro la tinta en el pincel, ya seca.
El alma duerme. ¿Cuándo se despierta?

Salgo a dar un paseo: está soleado,
toco las flores altas con la mano.

Tiene el bosque a esta hora suaves verdes
y el monte, rojo al sol, vetas de nieve.

Me demoro en las lentas nubes altas,
oigo los cuervos que de pronto graznan

y regreso a la hoja de papel
aún blanca debajo del pincel.


CHANG-CHI (750-830)

Versión de Aurelio Asiain
a partir de la versión inglesa de Edward Powys Mathers
y antes puesta aquí.
Don't take your shadow for granted

Don't take your shadow for granted / ©aurelio.asiain

Move

MOVE from Rick Mereki on Vimeo.