El blog de Aurelio Asiain

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Cueva del Sueño


Giulio Carpioni, Iris visita a Hypnos en la cueva del Sueño.

a partir de Ovidio*

Guarda el monte desierto una caverna
por los rayos del sol jamás tocada;
la tierra en torno
exhala
nubes de niebla
en un ocaso interminable,
la secreta morada
del dios del Sueño ocioso.
No hay ningún gallo que convoque al alba,
no hay gansos, perros ni animal alguno
que interrumpa el silencio, no hay ni ramas
por la brisa agitadas. Quietud solo
y, muy bajo, el murmullo del distante
Leteo y los guijarros que a su paso
mueve mientras susurra: duerme, duerme.
Afuera, exuberantes amapolas;
hierbas que sueltan en la noche jugos
e infunden en la tierra su indolencia,
su tibia gravedad.
No hay puertas: chirriarían las bisagras;
no hay guardián a la entrada.
En una plataforma en mitad de la cueva
hay una cama de ébano, abultada
de sábanas oscuras y negros almohadones
donde yace el dios mismo,
en qué lánguida paz hundido.
Por todos lados sueños vacíos lo rodean,
incontables igual que en la cosecha
los granos de maíz, las hojas en los árboles
del bosque, las arenas de la playa.

Penetra el mensajero de la diosa en la cámara,
le sacude los sueños que le cierran el paso.
La luz de su vestido va inundando la cueva,
y ya empieza a agitarse el Sueño: lucha
por levantar los párpados, en pesado letargo.
Lo intenta una y otra vez, y retrocede,
y hunde en el pecho la cabeza. Al fin
despierta, parpadea, abre los ojos
y, apoyado en un codo,
mirando a la mujer, sonríe.

*

ROBIN ROBERTSON,

en Hill of Doors

—versión de Aurelio Asiain

* Metamorfosis, XI

Cómo se elige al Papa

Un caniche que no levanta un palmo es un juguete.
Casi siempre un juguete es una imitación
de algo que usan los adultos.
A los papas con pelo sin cortar les dicen papas de cuerda.
Si el cabello de un papa no se cuida,
crece tan largo que se va enroscando
en largas trenzas que semejan cuerdas.
Los rizos son muy firmes si están cortos.
Los papas son muy inteligentes.
Los hay de tres tamaños diferentes.
Los mayores son papas estándar.
Los medianos son papas miniatura.
Podría seguir así, podría decir:
«He aquí papa cuadrado y ordenado,
de buenas proporciones, aire alerta
y expresión de curiosidad brillante»,
mas no lo haré. Cuando un caniche muere
todos los cardenales se reúnen
en el 7-Eleven más cercano.
Beben Slurpees hasta que hay alguno
que vomita, y lo invisten nuevo papa.
Ya con plenos poderes recorre las estepas,
a solas, día y noche, llueve o truene.
El nuevo Papa elige su nombre como papa,
«Wild Bill», «Buffalo Bill» o algo así.
Calza zapatos rojos con una cruz bordada al frente.
Casi no hay papa al que no llamen «Bebito», porque no hay
nada como crecer e irse volviendo papa.
No deja de crecerles y cambiarles el cuerpo,
pero hay cosas que a veces los hacen infelices.
Tienen que ir solos al baño,
y casi todo el tiempo están durmiendo.
Los padres no parecen capaces de ayudarlos a crecer.
Les repiten que no miren por las ventanas,
pero colman el cielo.
Se diría que están allí tranquilamente,
pero están aprendiendo algo más.
Quién sabe qué: no somos como ellos.
Ni siquiera podemos vestirnos como ellos.
Bichos rojos o ácaros parecemos al lado.
Creemos divertirnos cortando los monitos del periódico,
mientras en realidad comemos migajas de sus manos.
Somos pequeños gérmenes que no ve el microscopio.
Cuando un papa está listo para entrar en el mundo,
intentamos cantar, pero no ajustan bien las palabras y la música.
Hay papas de cuerpo entero un millón de veces más grandes que nosotros.
Abren la boca a intervalos regulares.
Muelen y muelen trozos de la cruz
y los escupen. Moscas negras se aferran a sus labios.
Una vez elegidos reciben un tazón de crema
y un cachorro. Las cejas son una protección
cuando el Papa atraviesa la espesura
en busca de su oveja.

*

JAMES TATE
señalado por Claudio López Lamadrid en el blog de Michael Robbins
versión de Aurelio Asiain

La poesía

Como el ciego diamante guarda una
chispa del primer fuego del planeta
presa en su red de hielo para siempre,
no queda en el poema el calor del amor,
sino apenas el átomo del amor que lo extrajo
del silencio: y si prenden las brasas encendidas
de su amor, el poeta oye su voz de pronto
impostada: un cantante de bar, un jactancioso
de su hondo sentimiento, o náufrago de violines;
pero si es más estable la luz que arroja, sabe
que cuando llegue al fin sonará el verso puro
anónima y sereno como fuente en el monte.
Bajo el cielo de azul indiferente, el agua
canta y no canta nada, no tu nombre, no el mío.

*

DON PATERSON,
de The Eyes, en Selected Poems

Versión de Aurelio Asiain

La casa del sueño

Soñé diez años con la misma casa:
me aprendí corredores y cornisas, las vetas
de tablones y duelas, cómo entraba la luz
cada hora en cada cuarto. De sueño en sueño, eran
cada vez más perfectos las líneas y los ángulos.

Andando el bosque este verano, cerca de un pueblo
en que nunca había estado, vi el portal conocido,
y detrás el sendero de siempre. Y allí estaba,
con cartel de se vende y rodeada de alerces,
pinos y sicomoros: la casa de mis sueños.

Así que toqué el timbre, y salió el propietario.
Le pregunté si no le resultaba extraño
que yo se la mostrara. A la izquierda, le dije,
está el recibidor, con sus libreros; gire
y verá el comedor, y detrás la cocina.

Subíamos a ver las cuatro habitaciones
de ventanas salientes y cortinas azules
pero algo me detuvo, en seco, en el rellano:
una puertita roja que no había visto nunca.
Me dijo que era nueva, la habían puesto ese día.

Le pregunté al bajar cuánto pedía. Era
tan poco que no pude ocultar mi sorpresa,
pero dije: la tomo. Me explicó lo barato:
es que estaba encantada. Dije que no importaba:
me venía muy bien, porque yo era el fantasma.

Hace un mes de eso, tengo las llaves ya y exploro,
conozco cada cuarto como mi propio cuerpo,
hasta que la puertita roja viene a mi mente.
Son demasiado grandes las llaves, salvo una
no mayor que la garra de un gorrión. Me arrodillo

y abro la cerradura. Y allí, en la oscuridad,
hay una casa en miniatura. Por las ventanas,
detrás de las paredes, vi a mi hijo sano y salvo.
Ha crecido tan poco. ¡Mírenlo nada más!
El niño que soñé murió hace ya diez años.

*

ROBIN ROBERTSON

*

De Hill of Doors

Versión de Aurelio Asiain

La casa del rumor

a partir de Ovidio

Hay un lugar en el centro del mundo,
entre la tierra y el cielo y el mar,
en que todo sonido puede oírse,
donde todo se ve.
Aquí vive el rumor,
que en lo alto de un monte hace morada.
Es una casa abierta
noche y día: un domo de aberturas
y ventanas dispuestas
como un millón de ojos que observan
fijamente, sin parpadear,
sin puerta ni cerrojo en sitio alguno.
Tienen oídos sus paredes.
Son oídos. La casa,
hecha toda de bronce
en finas hojas resonantes,
zumba incesantemente con palabras
que se repiten y replican, vuelta
y vuelta y vuelta y una vez
y otra vez en la baja
murmuración, la voz que se hace eco.
No hay lugar en silencio,
solo el murmullo de las voces
como olas susurrantes o apagado
rodar del trueno en su último desplome.
Casa tomada por las sombras
en la que van y vienen los fantasmas,
es huésped el rumor y la mentira
y la verdad se mezclan:
palabras, frases, hechos y ficciones,
fabricaciones, todo confundido.
Una historia se esparce a cada vuelta
y crece y cambia y cada quién la cuenta
poniendo a lo que oyó de su cosecha.
Todo aquí se vigila y se intercepta:
una legión de ángeles lo graba.
Viven aquí Credulidad y su imprudencia,
el temerario Error
y la Dicha insensata. Los Susurros
tienen aquí su casa y lado a lado
la Sedición de pronto, el Miedo trémulo.
El Rumor mismo
oye todo y ve todo
lo que ocurre en los cielos,
en el mar o en la tierra;
Guardia, vigía, cámara de ecos,
no olvida nada,
no olvida a nadie mientras barre el mundo.

ROBIN ROBERTSON

*

De Hill of Doors

Versión de Aurelio Asiain

Pensar en viñetas es muy ilustrativo

Cartón de Ros en The Huffington Post en respuesta a la incitación de un tuit:

El sueño de la cazadora

Es siempre el mismo:
está de pie a mi lado

en el claro del bosque,
con sangre en la mejilla

de conejo o de ciervo.
Apenas soy consciente

de mi carne insumisa
y el deseo y sus trampas,

las pruebas que le envía.
Los brazos y los hombros

desnudos, suelto el pelo,
altos los duros pechos

y bajo un cinturón
de cuchillos y anzuelos,

esa herida desnuda.
Cada noche lo mismo:

el espolón cortado,
el pandeo debajo.

Me despierto en su cuerpo
quebrado, como un arma.

*

Robin Robertson
/versión de Aurelio Asiain

La música de lo que pasa

Canción

Muchacha con carmín, ese serbal.
Y entre el camino real y el secundario,
goteantes en la húmeda distancia,
altos entre los juncos, los alisos.

Hay flores en el barro del dialecto
y en el tono perfecto siemprevivas,
y ese instante en que el pájaro que canta
sigue la música de lo que pasa.

Seamus Heaney

*

Es la segunda vez que traduzco este poemita. Mi primera versión tenía rimas, que surgieron naturalmente y sigo pensando que a una canción no le van mal, pero no están en el original. He conservado solo la última. No estarán de más un par de observaciones.
El serbal y el alisio son dos árboles importantes para la mitología celta. Según ciertas leyendas irlandesas el primer hombre provino del aliso y la primera mujer, del serbal. Así, la visión de la muchacha con carmín, brotada del rojo vivo de los frutos del árbol, alude además a un sustrato mítico. Las siemprevivas son las flores que así se conocen en México y en otros países como inmortales, flores de paja, flores de papel: helichrysum bracteatum. Imagen no de la eternidad sino de lo perdurable.
La última línea cita la frase del gigante mítico Fionn mac Cumhaill, que desafió a sus seguidores, los fianna, guerreros y poetas, a decir cuál era la mejor música del mundo, y les aclaro que no era ni el canto de la alondra, ni la risa de la muchacha, ni el bramido del ciervo, sino «la música de lo que pasa» —la música de las esferas, pero tal como suena en la lluvia o el arroyo.
No es necesario explicar que los ocho versos expresan un arte poética.

Robin Robertson: Dos poemas

MIS NIÑAS

Cuántas veces
me he tendido a su lado
ayudándolas a dormirse
con los cuentos de siempre;
cara a cara, sus manos en mis manos,
hasta que se deslizan en el sueño y puedo
soltar los dedos y escurrirme
escaleras abajo:
la cara en blanco,
llenas de trucos las manos.

*

A MIS HIJAS, QUE DUERMEN

Entre árboles que no puedo nombrar
llenos de pájaros que no distingo

veo a mis hijas crecer lejos de mí;
y el corazón está descoyuntado.

¿No hay tiempo ya, no puedo aprender todas
las palabras de amor mientras aún duermen?

ROBIN ROBERTSON/ a. a.
“My Girls” pertenece a The Wrecking Light; “To My Daughters, Asleep”, a Swithering.

La biblioteca

En inglés los llamamos homeless y de ahí en español, torpemente, “sin techo”, pero los desposeídos que resguardan bajo los puentes del río Kamo sus yacijas con muros de cartón y plásticos azules —los mismos plásticos azules que a principios de abril se extienden sobre la hierba para sentarse a contemplar los cerezos— no carecen en rigor de casa ni de bienes, aunque sí de domicilio postal. No son vagabundos: recorren la ciudad para ganarse la vida, pero vuelven a casa todos los días. Son pocos sin duda los que administran una cuenta de banco, pero la mayoría tiene útiles de cocina, herramientas, macetas con flores, mínimas bibliotecas. Abundan los coleccionistas. Monedas extranjeras, botellas caprichosas, zapatos sin par, revistas, trozos de papel anotados por desconocidos. No recolectan esos objetos, encontrados con la mirada baja, para venderlos: los acumulan, pero seguramente menos por afán de posesión que por necesidad de orden. Cifran una vocación y quizá encierran una clave. En todo caso son un asidero. Guardan ese tesoro en casa como un amuleto en el bolsillo.
Noda apenas tiene casa, una casa sin plantas junto al río, pero lleva el tesoro consigo. Carga con un libro, siempre el mismo, leído de principio a fin quién sabe cuántas veces y que conoce minuciosamente, pero que sigue recorriendo cada día, porque le crece. Apenas tiene un momento de descanso, se sienta y lee unas líneas o unas páginas. Entonces en lo que era una fila continua de palabras puede que se abra una puerta, lo que avanzaba en sentido recto se desdobla y en esa esquina le sale al paso algo, o alguien, a veces un pasaje de otro libro, conocido de años, ya desdibujado. Sobre la línea clara y sólida se insinúa una interrogación. Noda alza la vista y se queda viendo una nube o un árbol, o los pájaros del río, o cierra los ojos para sentir el viento. Luego vuelve a leer o sigue su camino.
Hablamos una vez en una banca de la ribera, frente al hospital. Suele haber en el prado pacientes en pijama que salen a fumar, y alguno en silla de ruedas. No me habría sentado ahí normalmente, me gustan las bancas solitarias, pero pegaba el sol y el roble tiene una copa generosa. Dije, por decir algo, en el momento en que alzó los ojos del libro para verme:
—Hace calor.
Volvió los ojos al libro, leyó un poco y, sin separar el índice de la línea, como si citara, me dijo:
—No tanto, ¿no? Uno oye toda clase de historias, pero la gente exagera. Ya es otoño desde ayer.
—Es cierto, hace una semana estaba mucho peor. Pero hace calor.
Leyó otra vez donde se había quedado, un par de líneas, y alzó la vista al roble, que sonaba en la brisa.
—Decimos cosas por decir y así extendemos los rumores.
No sé qué libro es: como hacen los japoneses, lo lleva forrado. Pero debí preguntarle: el título tiene que estar en la línea siguiente.

* Esta página apareció antes en el número de la revista Artes de México dedicado a las Bibliotecas de la Ciudad de los Libros.

¿Me da la hora, por favor?