El blog de Aurelio Asiain

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Categoría: danza

Justo Sierra presencia el cuchi cuchi

flapper belly dancer

Flapper belly dancer


Vimos luego el
cuchi cuchi, la famosa danza del vientre, bailada o expresada, diremos, por una egipcia de grandes ojos urentes, negros como la hoguera del pecado, de gran boca roja, a manera de herida abierta, y espantosamente sensual sobre la dentadura de marfil africano. A compás de un rítmico movimiento de caderas, el vientre desnudo comienza por plegarse en ondas concéntricas y acaba por verdaderas gesticulaciones convulsivas que le dan un siniestro aspecto de mascarón de fauno epiléptico; no he visto nada ni más curioso ni más horrible. A seguida una blondina y enjuta americana se presentó a hacer lo mismo, y a pesar de sus abominables contosrsiones, no logró sino hacer reír; era la caricatura odiosa y repugnante del cuchi cuchi. No, los cabellos rubios no casan sino con el sensualismo inconsciente de Ofelia o con el pecado sentimental de Gretchen, no con este animalismo erótico de las regiones que el desierto lame con su lengua de fuego.

Justo Sierra, En tierra yankee. En el tomo 6 de las Obras completas, UNAM, 1948, p. 174

Música visual

En Japón suele tenerse al Chôju-jinbutsu-giga, un conjunto de cuatro rollos historiados que datan de fines de la era Heian, por el origen remoto del manga, aunque los siete siglos que median entre el monje Toba Sôjô (1053-1140), al que la obra se atribuye sin mucha certidumbre, y los manga de Hokusai, son sin duda demasiados. Pero el salto se explica por el carácter excepcional de la obra, en la que ranas, conejos, zorros y monos bailan, conversan, se entretienen en juegos y disputas u ofician ceremonias religiosas. No se trata de un relato, pero tampoco de una sucesión de imágenes inconexas: la secuencia, de tono festivo e intención satírica, es innegablemente rítmica, y aunque los hilos alusivos y simbólicos de la trama sean invisibles para el espectador no avisado y haya pasajes enigmáticos para los eruditos, la gracia de las imágenes es insuperable y la experiencia de verlas se parece mucho más a la de escuchar una pieza musical que a la de despachar una historieta ilustrada.

Porque aquí no se trata de ilustraciones: no hay ningún texto y es solo el dibujo lo que canta y cuenta. No es extraño que, entre las obras clásicas mayores del arte japonés, esta sea una de las más populares, y abundan las reproducciones completas —en rollos de diversas dimensiones, libros y videos como el muy deficiente que aparece en esta página— y fragmentarias —en revistas, tarjetas postales, pañuelos, camisetas, tazas, encendedores…—, pero muy rara vez se exhibe el original. En diez años en Japón, solo una vez pude no verlo: vislumbrarlo, parándome de puntas y alargando el cuello sobre las cabezas de los numerosos visitantes que recorrían parsimoniosamente el centenar de metros que sumaban los cuatro rollos extendidos en las vitrinas del Museo Nacional de Kioto.

Por suerte hay ya una aplicación gratuita para iPad que permite recorrer enteramente dos de los rollos, reproducidos con una calidad de imagen impecable. Las explicaciones están en japonés, pero no hacen falta para disfrutar del paseo y el curioso puede encontrar muchas más en inglés, y algunas en español, en la red.