El blog de Aurelio Asiain

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Categoría: literatura

Gerardo Deniz: “El palíndromo es un dios”

—Según el poeta Josué Ramírez, cierta vez le escuchó decir, refiriéndose al palíndromo: “Es un dios”. ¿Qué quería decir con esto?
—Quise referirme con estas palabras al hecho de que una curiosa fuerza parece ayudar (o impedir) a la capacidad de escribir palíndromos: hay gente de todas clases y niveles a quienes, sencillamente, los palíndromos no se les dan. En cambio, a otras personas les resulta posible salir del paso con decoro. Es interesante ver la clase de churros a que este fenómeno (o lo que sea) conduce. Por supuesto, la cumbre la alcanza Darío Lancini, como en todo lo que tiene que ver con palíndromos. Pero, además, el dios del palíndromo es tan indefinible como eficaces son sus resultados. Y eso es todo.

 

Gerardo Deniz, en entrevista con Fernando García Ramírez: Letras libres, septiembre de 2004

 

Derek Walcott: Lorca, Vallejo, Paz, García Márquez

Vivimos en un contexto de traducción, así es como un español lee a Shakespeare o un antillano La Divina Comedia, pero me parece, en medio de mi inmensa ignorancia, que para el idioma inglés es muy difícil, y acaso también para el temperamento de sus hablantes, adaptarse al idioma español, casi como si hubiera que franquear una aduana de inmigrantes. Se baja de una barrera. No nos fundimos con el idioma español de la misma manera que con la pintura española. No escuchamos de entrada, las campanas de las uvas.

Yo he tenido esa dificultad con Lorca, sobre todo con su Poeta en Nueva York, una dificultad que no se reduce a mi ignorancia del español, aunque pienso que el espíritu del idioma español es probablemente el responsable de sus martirizantes abstracciones, ninguna de las cuales martiriza al lector español, pero eso me pasaba con Vallejo, el Vallejo de Trilce, con el primer Neruda e, incluso, con una porción de “Piedra de sol” de Octavio Paz. Los Lorca, Vallejo, Neruda y Paz que disfruto son aquellos donde el verso abstracto aparece de repente como un muro atravesado por la luz del sol o como un campo iluminado súbitamente por la luz que se filtra por una nube partida en dos:
 
Cantan los niños
en la noche serena
 
de Lorca, la poderosa elegía profética de Vallejo: 
 
Me moriré en París con aguacero 
 
y aquellos pasajes de “Piedra de sol”, más cercanos a la ficción y la pintura, que presentan empedrados y balcones y siluetas que se mueven a través de ellos. Del mismo modo que los haikú no funcionan en inglés y paran en humildad afectada, el intento de adaptar el espíritu español al verso inglés tropieza con esta contrastante exigencia de lo real, lo lógico, lo lineal. 

Así, quizá, hasta llegar a García Márquez. Una frase de García Márquez funciona en dos niveles: el nivel del narrador, que en una mitad, o incluso un tercio de la frase asumirá el papel omnisciente del narrador minucioso de Flaubert, luego la frase se desliza, desde la presencia de una voz, no la del narrador, sino la de un entusiasmado testigo que imagina una acción en el idioma corriente, la cual se lee, de entrada como una exageración. Al principio García Márquez me enfurecía, pero luego mudé de oído, y aprendí a acomodar otras voces, a menudo simultáneas, dentro de una frase. En un caso alguien es herido y la sangre cruza la calle y entra en una tienda o en una casa; esta metáfora exasperó mi realismo lógico, que es la naturaleza del idioma inglés; éste argumentaba que la sangre no cruza la calle, ni se arrastra ni entra en una casa. No obstante, yo al principio no comprendía el punto extremo de la exageración que sirve para componer un suceso, una frase, no surreal sino real en el sentido de que así es como la gente narra los acontecimientos, sin cambiar los sustantivos, donde la acción es sustituida por la sangre, y ésta se convierte en el relato de un testigo tranquilo o entusiasmado, en un tiempo verbal, pues dos tiempos se juntan: el pasado de lo que ocurrió en un relato fáctico que solía ser la voz del narrador, y el tiempo presente que prosigue el contexto del suceso, el contenido íntegro con sus dos voces; así, la primera mitad de la frase es la ficción oficial, y la segunda, la parte al parecer exagerada, es la ficción oral o tribal, cuya entonación, en la novela o el relato corto, es el rumor.

Toda obra imaginaria se funda en el rumor, en sucesos que el novelista, o el narrador de relatos cortos, confirma. Comprendo esto ahora porque he prestado oídos a la segunda voz, eso que sobrepasó la barrera o el meridiano de la frase, su censura oculta; entonces escuché el sonido del colombiano, de manera que la voz tribal de Macondo pasó a ser asimismo la de cualquiera de los pueblos costeros de mi propia isla; y así nada me pareció más natural y, también más ineludible, que la prosa de García Márquez.

 

 

En “Un caballero que no se acalora” de  Derek Walcott. Conferencia magistral de la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar en Guadalajara el 9 de marzo de 2000. Traducción de José Luis Rivas. El texto completo, aquí.

 

 

“Cuando a tu corazón lo embargue la miseria…”

POR LAS OREJAS

Cuando a tu corazón lo embargue la miseria, no escuches música.
Vete a donde no haya sino aire, agua y piedras
a comer a hurtadillas el silencio. De lejos
llegarán las palabras de la vida en un eco.

Takayuki Kiyooka (1922-2006)
Versión de Masashi Yano y Aurelio Asiain

Mikis Teodorakis canta a Yorgos Seferis

La letra de esta canción de Mikis Teodorakis es variación de un poema Seferis:


XXIII

Un poco más
y veremos florear a los almendros
brillar al sol los mármoles
al mar romperse en olas

un poco más,
alcémonos aún un poco más.


Yorgos Seferis

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Λίγο ακόμα

Λίγο ακόμα
θα ιδούμε τις αμυγδαλιές ν’ ανθίζουν
τα μάρμαρα να λάμπουν στον ήλιο
τη θάλασσα να κυματίζει
λίγο ακόμα,
να σηκωθούμε λίγο ψηλότερα.


Γιώργος Σεφέρης

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De “Novela”, en Mythistórima. Poesía completa. Traducción, prólogo y notas de Selma Ancira y Francisco Segovia. Galaxia Gutenberg, 2012.

Lo que poseen los desposeídos

 

¿Sabes qué hacen los homeless del parque de Ueno en las mañanas?
Tú dime.
Juegan golf.

No todos, ni mucho menos, pero era cierto: algunos sacaban sus palos de golf y practicaban en el prado en que han plantado sus tiendas azules. No podrían tirar muy lejos, claro, pero practicarían los golpes y tal vez conservarían, me gusta pensar que sin ostentación, los gestos del golfista, como otros conservan libros, y el gusto de la lectura. O incluso el de la escritura. Hace tres años apareció una preciosa antología de senryu —el primo despeinado del haiku— escritos por homeless japoneses: 路上のうたRojo no uta (“Canciones de los caminos” sería una traducción imprecisa: ¿canciones de la intemperie? —rojo: on the road), en la que sorprende, junto al estricto apego a las formas tradicionales y sus convenciones estacionales, la naturalidad con que la intemperie urbana se vuelve habitable:

寝袋に 花びら一つ 春の使者

Un solo pétalo,
nuncio de primavera,
sobre mis saco.

Japón, después de dos décadas de crisis económica, sigue siendo uno de los países más ricos del mundo —el tercero, después de Estados Unidos y China—, y su prosperidad salta a la vista de cualquier visitante, pero es un rico empobrecido. Sus pobres son nuevos pobres, expulsados de una clase media que fue la mayor del mundo y la más homogénea y que desde hace dos décadas no cesa de reducirse.

Algunos conservan incluso el puesto de trabajo: han renunciado a pagar la renta de un departamento y se han ido a vivir bajo un puente. No a la intemperie, sino en unas casas mínimas, hechas de cartón y madera, cubiertas siempre de plásticos azules: los mismos que se tienden en los parques bajo los cerezos durante la semana de su florecimiento y que, según Toyo Ito, son el elemento mínimo de la arquitectura japonesa. Yo pensaría más bien en el shime tori de los santuarios shinto: las dos varas de bambú unidas por una cuerda que marcan el límite de un espacio sagrado. En cualquier caso, viene a la mente el poema del monje Ikkyu (1394–1481):

No hay pilares
en la casa en que vivo;
tampoco techo.
No la moja la lluvia.
No la golpea el viento.

Sería ilusorio pensar que en cada desposeído japonés hay un golfista, un poeta o un adepto del zen: lo sería tanto como suponer que en cada oficinista hay un autómata desalmado. Pero no he visto a ninguno que no disponga ordenadamente sus zapatos a la entrada de su caseta o su tienda, ninguno que no parezca mantener, en la precariedad, un orden estricto, ninguno que no guarde las formas. Orden y formas es casi lo único que les queda, pero con eso y poco más —lo que encuentran en la calle y entre los desechos— erigen una morada.

Desde fines de los noventa el arquitecto Kyohei Sakaguchi (Kumamoto, 1978) ha venido documentando estas casas de cero yenes (Zero Yen Houses: véase lo que la frase produce en Google images) y pensando en lo que revelan sobre la relación de sus constructores, habitantes y dueños (a los que es inapropiado llamar homeless, dice Sakaguchi, pues poseen una casa mientras nosotros apenas la rentamos) con el entorno urbano y la naturaleza, con el espacio social y el privado, con la economía formal y —por paradójico que suene— el orden informal. De esa larga obra en marcha, que ha producido ya libros, exposiciones, un sitio de internet, ha extraído además lecciones sobre la imaginación del espacio, la economía de medios, las estrategias de reciclamiento. Sakaguchi está convencido de que estos desposeídos, entre los cuales no falta el que alimenta su casa con celdas solares, ni el que ha hecho su casa móvil, sobre ruedas— tienen mucho que enseñarle a arquitectos y urbanistas, a econmistas y diseñadores. También, claro, a poetas y artistas.

*

Nota publicada en el número más reciente de la revista Arquine.

Arquine No. 66

La biblioteca

En inglés los llamamos homeless y de ahí en español, torpemente, “sin techo”, pero los desposeídos que resguardan bajo los puentes del río Kamo sus yacijas con muros de cartón y plásticos azules —los mismos plásticos azules que a principios de abril se extienden sobre la hierba para sentarse a contemplar los cerezos— no carecen en rigor de casa ni de bienes, aunque sí de domicilio postal. No son vagabundos: recorren la ciudad para ganarse la vida, pero vuelven a casa todos los días. Son pocos sin duda los que administran una cuenta de banco, pero la mayoría tiene útiles de cocina, herramientas, macetas con flores, mínimas bibliotecas. Abundan los coleccionistas. Monedas extranjeras, botellas caprichosas, zapatos sin par, revistas, trozos de papel anotados por desconocidos. No recolectan esos objetos, encontrados con la mirada baja, para venderlos: los acumulan, pero seguramente menos por afán de posesión que por necesidad de orden. Cifran una vocación y quizá encierran una clave. En todo caso son un asidero. Guardan ese tesoro en casa como un amuleto en el bolsillo.
Noda apenas tiene casa, una casa sin plantas junto al río, pero lleva el tesoro consigo. Carga con un libro, siempre el mismo, leído de principio a fin quién sabe cuántas veces y que conoce minuciosamente, pero que sigue recorriendo cada día, porque le crece. Apenas tiene un momento de descanso, se sienta y lee unas líneas o unas páginas. Entonces en lo que era una fila continua de palabras puede que se abra una puerta, lo que avanzaba en sentido recto se desdobla y en esa esquina le sale al paso algo, o alguien, a veces un pasaje de otro libro, conocido de años, ya desdibujado. Sobre la línea clara y sólida se insinúa una interrogación. Noda alza la vista y se queda viendo una nube o un árbol, o los pájaros del río, o cierra los ojos para sentir el viento. Luego vuelve a leer o sigue su camino.
Hablamos una vez en una banca de la ribera, frente al hospital. Suele haber en el prado pacientes en pijama que salen a fumar, y alguno en silla de ruedas. No me habría sentado ahí normalmente, me gustan las bancas solitarias, pero pegaba el sol y el roble tiene una copa generosa. Dije, por decir algo, en el momento en que alzó los ojos del libro para verme:
—Hace calor.
Volvió los ojos al libro, leyó un poco y, sin separar el índice de la línea, como si citara, me dijo:
—No tanto, ¿no? Uno oye toda clase de historias, pero la gente exagera. Ya es otoño desde ayer.
—Es cierto, hace una semana estaba mucho peor. Pero hace calor.
Leyó otra vez donde se había quedado, un par de líneas, y alzó la vista al roble, que sonaba en la brisa.
—Decimos cosas por decir y así extendemos los rumores.
No sé qué libro es: como hacen los japoneses, lo lleva forrado. Pero debí preguntarle: el título tiene que estar en la línea siguiente.

* Esta página apareció antes en el número de la revista Artes de México dedicado a las Bibliotecas de la Ciudad de los Libros.

¿Me da la hora, por favor?

Robin Robertson: En Roane Head

para John Burnside

Su casa se reconocía por las persianas
y por los cormoranes echados en el muro,
las cruces negras de las alas tendidas a secar.
También por el serbal y el pino que la ocultaban
del mar y de la breve luz del sol
y por el collie Aonghas, acostado a la puerta
donde murió: un bastidor de huesos, una trampa saltada.

Pasó una madeja de gansos, con el lento chirrido
de una sierra oxidada. Tiraba y enrollaba
quejoso el mar amargo y en el bosque
chillaron las palomas elevándose.

Había tenido cuatro hijos, muy bien lo supe,
todos torcidos. Ciegos de nacimiento, dicen,
boquiabiertos y simples y palmípedos
palos raquíticos. Bellos rostros, me han dicho,
pero vacíos como el aire.

Alguien los vio una vez afuera, renqueando
hacia la playa, chillando como ratas,
y dijo que eran buenos nadadores,
pero eso lo habría imaginado.

Su esposo la dejó: le dijo
que no podían ser suyos, que eran más
peces que humanos;
dijo que estaban hechizados,
y les buscó en la piel las marcas probatorias.

Durante años tendió cada difícil llama:
sus vacilantes cuerpos apretados.
Cada noche, para apagar el fuego,
cerraba las escamas de sus ojos.

Hasta que él volvió otra vez,
la última vez,
lleno de alcohol, diciendo
que estaba harto de aquello,
de toda esa brujería,
y los hizo pararse
en fila al lado de sus camas,
temblando. Aleteaban
sus manos; giraban los ojos
de arenque en sus cabezas.
Recorrió la fila
serenándolos
uno por uno
con una navajita.

Dicen que por las noches ella sale a tender
mantas sobre las tumbas para darles calor.
Con un dolor que haría salirse el corazón.

Una nutria en las hojas se agitaba, una garza
marchaba lentamente sobre el agua en el alba
en que llegué otra vez hasta su puerta.

De su collar colgaban cuatro piedras,
llevaba cuatro anillos en la mano
que me condujo más allá del cuarto
en el que ardían cuatro velas
y al que llamó “la sala de la lluvia ‘.
Subía humo lechoso desde la chimenea
como en una cascada inversa
y ella dijo mi nombre,
y fue lo único
y lo último que dijo.

Me dio un huevo de alondra en un lecho de hielo;
me dio caireles de mis cuatro hijos; me dio
la cabeza de su marido en una caja de madera.
Luego me dio la piel de foca, y me la puse.

*

Sobre este poema (cuyo original puede leerse aquí, junto a un video en que el autor lo lee) ha escrito Robin Robertson:

“At Head Roane”, de The Wrecking Light, es el segundo de una serie de poemas narrativos que he estado escribiendo desde el año pasado —todos situados en lugares ficticios de Escocia. Tienen algunos de los atributos de los cuentos populares, y algunos de los alegres temas habituales en el folklore: el asesinato, la violación, la venganza, la locura, la deformidad física, la brujería y lo sobrenatural. En este poema he invocado el mito celta de los selkie: criaturas que nadan como focas, pero que pueden volverse humanas al arrojar su piel. La transformación se revierte al ponerse de nuevo la piel de foca, pero si pierde la piel mágica o se la roban, la criatura está condenada a permanecer en forma humana. Ron —pronunciado roane— es el gaélico para “foca”. Aunque con costras de sangre escocesa y sal del mar, este poema halló su cauce al mundo una tarde de Navidad en una casa-bote alquilada en Norfolk Broads.

Los insultos vinculan: el ejemplo de Shakespeare

*

(Llegué a este video de April Gudenrath a través de Brainpickings).

El primer eslabón es la lujuria

LUJURIA

Son siete lenguas, son catorce manos
que se deslizan por tus cavidades,
son los insectos bajo las ciudades,
son las agujas de los cirujanos.

Una mujer con pechos soberanos,
un calabozo en territorio de Hades
en que flagelan pieles las deidades
y se someten mudos los profanos.

Ella se desvanece en la cadencia
irregular de las acometidas,
en la lujuria hirviente con que piensa

en esas lenguas, en la penitencia
de los esfínteres, en las heridas—
las simetrías de la noche extensa.

*

Este soneto de Pedro Poitevin (@poitevin en Twitter) es el eslabón inicial de una cadena de quince sobre los siete pecados capitales en la que al último lo forman los versos iniciales de los catorce anteriores. Aquí está el resto.

Lujuria

Pieter Brueghel el Viejo. Los siete pecados capitales: La lujuria.

Carta a la mujer que hace la limpieza

Rosalina. Mujer.

Me insulta usted constantemente con su singular falta de visión. No lo olvide: hay belleza y una verdad esencial en todas las cosas. Desde la agonía de una gacela flechada hasta la sonrisa de un desposeído en la autopista. Pero la invisibilidad de algo no implica su falta de ser. Aunque los bebés simplones crean ingenuamente que la persona que tienen enfrente se desvanece cuando se tapan los ojos en el odioso juego de te veo y no te veo, es una falacia. Y lo mismo ocurre con el montón inadvertido de polvo que se acumula detrás de los estantes de DVD en la sala de juegos: también existe. Y es inaceptable.

Se lo digo, Rosalina, no como burla o amenaza sino como evocación de la dicha. La dicha de la nada, la dicha de lo real. Quiero que sea real en todo lo que hace. Si no puede ser real, es necesario que mantenga una apariencia de realidad. Una apariencia real de la falsa realidad, o “real”. He conquistado volcanes y visitado las amargas profundidades de los océanos de la tierra. Nada que haya presenciado, de la lava a los crustáceos, me dejó tan petrificado como la mugre apelmazada en la jabonerita de plástico del baño pequeño. La palabra náusea no es suficiente. Usted, en este sentido, no está siendo real.

Volvamos ahora a los horrores de la naturaleza. Me temo que es inevitable. La naturaleza no es algo que haya que mimar y aceptar y abrazar contra el pecho como una serpiente herida. Dígame, ¿qué había antes de que usted naciera? ¿Qué recuerda? Eso es la naturaleza. La naturaleza es un vacío. Algo vacío. La vacuidad. Y ya que hablamos del vacío, no estoy seguro de que esté usted usando correctamente la boquilla retráctil o ajustando la configuración de “barrido completo” al ocuparse de las alfombras verdes de la guarida. He encontrado algo de caspa allí.

No he escuchado sino dos canciones en toda mi vida. Una fue un aria de Wagner que toqué compulsivamente de mis 19 a mis 27 años, por lo menos 60 veces al día, hasta que la gente del pueblo me sacó de mi casa con horcas rudimentarias y antorchas encendidas. La otra era Dido. Ambas me horrorizan hasta el punto de la parálisis. Cada sacudida era como un pedazo de ladrillo contra mi alma. La música es inútil y dañina. Así que, por favor, si necesita entretenerse mientras organiza el reciclaje de la basura, absténgase de esa “radio pop” con la que me afrentó hace poco. Le recomendaría que recitara algunos versos afilados. De Goethe, tal vez. O Schiller. O cuando menos Shel Silverstein.

En cuanto a las cucharas, la situación se mantiene sin cambios. La mataré si veo una.

Es todo. No deje de creer que no es usted la mejor mujer que he conocido. Lo es. E incluyo en la lista a mi madre y a la esposa de Brad Dourif (la segunda, no la de esa cosa en el labio). Gracias por su atención y lo siento si partes de esta nota están manchadas. He estado llorando.

Su dinero está bajo la guillotina.

Herzog.

Not what you expected.

"Not what you expected".
©deepinswim, en Flickr

Me sorprende que Alberto Chimal se refiera, en el tuit que me llevó a la versión inglesa de la que traduzco esta página, a “la carta erudita, arrogante, tremenda de Werner Herzog a la persona que le hace la limpieza”. Es obviamente una broma. La primera referencia fue esta:

Tan broma es que se trata de una carta apócrifa, como supimos por @MaelAglaia, que nos llevó hasta aquí: