El blog de Aurelio Asiain

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Etiqueta: poesía

Donald Justice: A los cuarenta

A los cuarenta
aprenden a cerrar sin hacer ruido
las puertas de los cuartos
a los que nunca volverán.

Detenidos en el rellano, sienten
que ya se mueve igual que la cubierta
de un barco,
aunque es leve el oleaje.

Y en lo hondo del espejo
vuelven a ver el rostro del muchacho
que en secreto practica el nudo
en la corbata de su padre

y el rostro de ese padre,
que aún cobija el misterio de la espuma.
Son más padres que hijos ya ellos mismos.
Algo los colma, algo

como al ocaso el vasto vocerío
de los grillos que colma el bosque
a los pies de la cuesta a las espaldas
de sus casas hipotecadas.

DONALD JUSTICE,
versión de Aurelio Asiain

(Aquí, la versión de Pedro Poitevin)
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La llave


Perugino: Cristo le entrega las llaves a San Pedro. Capilla Sixtina, 1481-82


LA LLAVE

La puerta
al huerto amurallado, ese lugar
en el que nunca he estado,
se abrió

con un sencillo giro
de la llave
que todos estos años
he cargado conmigo.

ROBIN ROBERTSON / a.a.
De Hill of Doors (2013), en Sailing the Forest: Selected poems, que salió hoy a la venta.
http://www.amazon.com/Sailing-Forest-Selected-Robin-Robertson-ebook/dp/B00LB89RYA/ref=sr_1_16?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1410519942&sr=1-16&keywords=robin+robertson

Tomás Segovia por Tomás Segovia

Documental sobre el escritor Tomás Segovia realizado por Francina Islas para TV UNAM.

Con sólo perejil como mortaja

EL PESCADO
Billy Collins

Tan pronto como el viejo camarero
puso ante mí la orden, el pescado
se me quedó mirando
con ese ojo plano iridiscente.

y cara de qué lástima me das
comiendo solo en ese restaurante
espantoso, bajo una luz inhóspita
y entre atroces murales de Sicilia.

—También tú me das lástima, arrancado
del mar y ahora ahí tendido muerto
junto a papas hervidas aquí en Pittsburgh
—le respondí alzando el tenedor.

Así mi cena en la ciudad ajena
de ríos y de puentes encendidos
se roció con limón y vino frío
pero también con compasión y pena

aun ya ido el plato y la cabeza
del pescado mirándome y la bóveda
de sus huesos terriblemente expuestos,
con solo perejil como mortaja.

BILLY COLLINS / a.a.

Lo publicó antes Animalgourmet

Lo que poseen los desposeídos

 

¿Sabes qué hacen los homeless del parque de Ueno en las mañanas?
Tú dime.
Juegan golf.

No todos, ni mucho menos, pero era cierto: algunos sacaban sus palos de golf y practicaban en el prado en que han plantado sus tiendas azules. No podrían tirar muy lejos, claro, pero practicarían los golpes y tal vez conservarían, me gusta pensar que sin ostentación, los gestos del golfista, como otros conservan libros, y el gusto de la lectura. O incluso el de la escritura. Hace tres años apareció una preciosa antología de senryu —el primo despeinado del haiku— escritos por homeless japoneses: 路上のうたRojo no uta (“Canciones de los caminos” sería una traducción imprecisa: ¿canciones de la intemperie? —rojo: on the road), en la que sorprende, junto al estricto apego a las formas tradicionales y sus convenciones estacionales, la naturalidad con que la intemperie urbana se vuelve habitable:

寝袋に 花びら一つ 春の使者

Un solo pétalo,
nuncio de primavera,
sobre mis saco.

Japón, después de dos décadas de crisis económica, sigue siendo uno de los países más ricos del mundo —el tercero, después de Estados Unidos y China—, y su prosperidad salta a la vista de cualquier visitante, pero es un rico empobrecido. Sus pobres son nuevos pobres, expulsados de una clase media que fue la mayor del mundo y la más homogénea y que desde hace dos décadas no cesa de reducirse.

Algunos conservan incluso el puesto de trabajo: han renunciado a pagar la renta de un departamento y se han ido a vivir bajo un puente. No a la intemperie, sino en unas casas mínimas, hechas de cartón y madera, cubiertas siempre de plásticos azules: los mismos que se tienden en los parques bajo los cerezos durante la semana de su florecimiento y que, según Toyo Ito, son el elemento mínimo de la arquitectura japonesa. Yo pensaría más bien en el shime tori de los santuarios shinto: las dos varas de bambú unidas por una cuerda que marcan el límite de un espacio sagrado. En cualquier caso, viene a la mente el poema del monje Ikkyu (1394–1481):

No hay pilares
en la casa en que vivo;
tampoco techo.
No la moja la lluvia.
No la golpea el viento.

Sería ilusorio pensar que en cada desposeído japonés hay un golfista, un poeta o un adepto del zen: lo sería tanto como suponer que en cada oficinista hay un autómata desalmado. Pero no he visto a ninguno que no disponga ordenadamente sus zapatos a la entrada de su caseta o su tienda, ninguno que no parezca mantener, en la precariedad, un orden estricto, ninguno que no guarde las formas. Orden y formas es casi lo único que les queda, pero con eso y poco más —lo que encuentran en la calle y entre los desechos— erigen una morada.

Desde fines de los noventa el arquitecto Kyohei Sakaguchi (Kumamoto, 1978) ha venido documentando estas casas de cero yenes (Zero Yen Houses: véase lo que la frase produce en Google images) y pensando en lo que revelan sobre la relación de sus constructores, habitantes y dueños (a los que es inapropiado llamar homeless, dice Sakaguchi, pues poseen una casa mientras nosotros apenas la rentamos) con el entorno urbano y la naturaleza, con el espacio social y el privado, con la economía formal y —por paradójico que suene— el orden informal. De esa larga obra en marcha, que ha producido ya libros, exposiciones, un sitio de internet, ha extraído además lecciones sobre la imaginación del espacio, la economía de medios, las estrategias de reciclamiento. Sakaguchi está convencido de que estos desposeídos, entre los cuales no falta el que alimenta su casa con celdas solares, ni el que ha hecho su casa móvil, sobre ruedas— tienen mucho que enseñarle a arquitectos y urbanistas, a econmistas y diseñadores. También, claro, a poetas y artistas.

*

Nota publicada en el número más reciente de la revista Arquine.

Arquine No. 66

Preparación del banquete

Más comida. “Un bodorrio” es la primera de las tres partes de un romance costumbrista. Describe —apenas describe: es casi solo una enumeración golosa— la preparación del banquete.

UN BODORRIO


El comal está que se arde
de entrantes y de salientes,
arman gresca los muchachos
y arman trajín las mujeres:
se miran en los morillos
colgados trozos de reses,
y trajeron un carnero
para tan grande banquete.
Hay robustos guajolotes
que se engordaron con nueces
y hay a manojos los pollos
y cinco pares de liebres:
por allí baten tamales;
allá se hace el mole verde;
los pulques se confeccionan
por la gente que lo entiende,
y habrá de huevo y de tuna,
de apio y fresas, y con nieve;
por aquí chillan los pollos,
allá suenan almireces;
si las ollas roncan gordo,
alborotan las sartenes,
y se repican los cazos;
las cacerolas alegres
alternan con los metates
do las especias se muelen:
son volcanes las hornillas,
y hay humo y chispas que suelen
remedar de una batalla
la animación que conmueve.
Por un lado, en amplia rueda,
en el suelo se aparecen
los que parten los piñones
y los que parten las nueces;
Por el otro, palo en mano,
batiendo se desfallecen
los que la clara de huevo
tornan en turrón de nieve;
por allá pulcras pollitas
con leve mano guarnecen
los platones de cocada,
los gratos antes de leche,
y, con cucharón en mano,
desmelenada y con fiebre,
la directora de escena
frente al brasero aparece
como el genio de los guisos,
como un general en jefe
que grandes planes realiza
y que grandes masas mueve.

Una comilona de Guillermo Prieto

¿Habrá otro poeta mexicano en cuyos versos se coma tanto y tan sabrosamente como en los de Guillermo Prieto, quien celebró el mole de guajolote mucho antes que los estridentistas? Copio aquí, entre varios, este cuadro de costumbres: celebración de la comida y, más que la comida, el gusto y la lengua —la que habla y saborea y juega los juegos del antojo y el deseo—, nomás por el hambre que me dio releerlo.

 

CONVITE

—Acérquese, don Cirilo,
que este mole es de pepita;
háganle campo; tú, Rita,
platica con el siñor.
—Qué Dios bendiga lo bueno,
y a tanta preciosa niña.
—¿Blanco? ¿De almendra? ¿de piña?
—Del que me haga usted favor.

—Arrímate, Madalena;
usté por aquí, compadre,
entremedio de mi madre
lado a lado de fray Blas.
Por allí, frente por frente,
los señores de Palacio.
Usté, padre don Inacio,
¿por qué se ha quedado atrás?

Tú, Carlota, a los amigos,
buenos asientos prepara.
Tú que eres la melitara
hazle corte al coronel.
Allí te espera, Ponciana,
la mesa de los chiquitos,
por allá los pollos fritos
y las papas y el misté.

Que venga acá la cazuela
y el pavo con la lechuga:
¿le gusta a usté la pechuga?
—Eso, compadre, asegún.
—¿Usted pierna, padrecito?
una sola no es pecado.
—Que se calle el malhablado.
—La malhablada eres tú.

Óyense sonar los platos,
los vasos forman repique;
dejen que el pulque se explique,
y lo bueno se verá.
La risa incendia las almas;
con la bulla tiembla el viento,
retoza el entendimiento
de delicias en un mar.

Los chicos dejan sus puestos,
y corren armando gresca;
la olla de la chicha fresca
quiere apagar el calor.
Las tostadas esponjosas
entre los dientres se quiebran:
los más golosos celebran
los tamales de frijol.

Pepa, para los ausentes
prepara los bocaditos;
todo es frasca, todo gritos
y todo amistad y amor.

¿Qué fue el aplauso? Los chistes
entre la blanca nogada,
con sus granos de grananda
y su verde perejil.
Es el plato, la bandera
de la nación mexicana:
Dios bendiga a la poblana
que lo supo dirigir.

Esa de ojos de paloma
está redamando amores;
esa vieja con las flores
se siente reverdecer.
Celos, pasión, cuchicheo,
miradas que dan calambre,
y remedios para el hambre…
y ternezas a granel.

Ruge el placer con sus galas,
los corazones se llenan
de calor, los huesos truenan
y es fósforo cada cual.
Y Pepita, la señora,
la que comanda la fiesta,
anima, halaga, contesta
con su pimienta y su sal.

Escúchase en la cocina
estruendoso carcajeo;
el fraile exclama Laus Deo
cada vaso al apurar.
¡Bomba! Gritan. —Don Lupijo,
el de acontecida ropa,
en alto tiene la copa
y no le dejan hablar.

Al fin dice… “Pues yo brindo
porque en esta concurrencia
cada cual su conveniencia
busque con fuerza mayor.
Y que por fin y por postre,
cuando triunfe el dios Cupido,
cada quien tenga su nido
en el árbol del amor”.

Truena el aplauso en los aires
y se arrecia la jarana;
se escucha la alegre diana,
que la música llegó…
Después, después, no recuerdo
lo que al fin sucedería;
yo desperté hasta otro día…
y no sé lo que pasó.

 

Mizuki Misumi: Conmigo como base


Conmigo como base.
Muchas mujeres pasan.
Alguna se detiene.
Mis contornos se tuercen
y yo me descompongo.
Qué claro el cielo.
No he visto otro tan azul.
Se evaporan las lágrimas,
se convierten en nubes,
en lluvia ácida que nos disuelve.
De principio a fin
no hago otra cosa
que decaer,
disolverme,
pudrirme,
volverme tu composta.
Conmigo como base,
tú creces.
Tiendo las manos débilmente al sol.
Mi brazos se deshacen.

*

MIZUKI MISUMI,
—versión de Aurelio Asiain

Página web: http://misumimizuki.com/
Twitter: https://twitter.com/misumimizuki

Robin Robertson: Dos poemas

MIS NIÑAS

Cuántas veces
me he tendido a su lado
ayudándolas a dormirse
con los cuentos de siempre;
cara a cara, sus manos en mis manos,
hasta que se deslizan en el sueño y puedo
soltar los dedos y escurrirme
escaleras abajo:
la cara en blanco,
llenas de trucos las manos.

*

A MIS HIJAS, QUE DUERMEN

Entre árboles que no puedo nombrar
llenos de pájaros que no distingo

veo a mis hijas crecer lejos de mí;
y el corazón está descoyuntado.

¿No hay tiempo ya, no puedo aprender todas
las palabras de amor mientras aún duermen?

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Ozu

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ROBIN ROBERTSON/ a. a.
“My Girls” pertenece a The Wrecking Light; “To My Daughters, Asleep”, a Swithering.

Himno de las ranas

Rig Veda, Mandala 7, Himno 103 

1. Nueve meses yacieron sin moverse, brahmines fieles a sus votos,
las ranas que ahora alzan sus voces, en la inspiración de la lluvia.

2. Cayó el caudal del cielo sobre las que yacían, pieles resecas en
el lecho del estanque,
e iniciaron las ranas su croar al unísono, como vacas con
sus becerros.

3. La estación de las lluvias ha llegado, llueve en las que esperaban,
sedientas y anhelantes,
cuál croa y cuál se acerca a la llamada, cuál se pega a la otra
como el crío a la madre.

4. Una recibe a otra en regocijo, en el curso del agua se deleitan,
y la rana empapada salta, y la moteada une su voz a la verdosa.

5. Cada una repite otra voz, tal siguiendo al maestro en la lección,
y cada cual es una con su voz, y son todas las voces una misma,
como en el canto que repite la lección de la lluvia.

6. Muge una como vaca, como becerro bala otra; esta es moteada,
verdosa aquella,
llevan un mismo nombre y sin embargo varía su figura, y modulan
su voz diversamente cuando croan.

7. Como en la ceremonia nocturna los brahmines cantan alrededor
del ánfora de soma rebosante, igual que en torno a un lago,
así ustedes en torno del estanque se juntan para honrar este día
entre todos los días, ranas, el primero de la estación de lluvias.

8. En el rito del soma los brahmines hablaron, dijeron sus plegarias,
y los grandes maestros, calientes y sudando, aparecieron y se
mostraron, y ninguno quedó oculto.

9. Los hombres han seguido el orden divino de los doce meses,
y obedecen a la estación.
Y cuando al fin del ciclo vuelve la estación de las lluvias,
todo aquello que ardía se alivia y se relaja.

10. Ya los dones de aquella que muge como vaca, los de aquella
que bala cual cordero, y los de la la moteada y la verdosa
se nos han concedido.
Las ranas nos han dado centenares de vacas y en el rito del soma
prolongan nuestras vidas.

Versión de AURELIO ASIAIN*

* Las tres versiones directas al inglés de este Himno —las de Ralph T.H. Griffith, Gautama V. Vajracharya y Wendy Doniger O’Flaherty— difieren tanto en cierto punto que ésta, que las combina y confunde, podría alejarse menos ahí que alguna de ellas del incierto original. A cambio se toma, es cierto, alguna libertad considerable. La más importante es la del género, que en sánscrito es neutro y en inglés oscilante, y aquí ha quedado en femenino hasta volver madre al padre. No hace falta explicar por qué.

*
Antes puesto aquí.