De nada pueden presumir los humanos

por aurelio asiain

“En cuanto hubo amanecido, los monos partieron, en efecto, a la búsqueda de melocotones, frutos, hierbas aromáticas y raíces dulces. Recogieron, además, orquídeas, crisantemos y toda clase de flores exóticas y adornaron con ellas la enorme mesa de piedra que había junto al muro principal de la mansión. Fue allí exactamente donde tuvo lugar el rutilante convite de despedida. El aroma de los vinos se confundía con el de las cerezas, rojas de madurez y de lúbrica tentación, y el de las ciruelas de fina piel y pulpa dulce. A su lado se veían ramas de lechíes, algunas todavía en flor; espléndidas peras doradas, que recordaban, por su forma, cabezas de sonrientes conejos; hermosos dátiles, palpitantes como corazones de pollo recién arrancados; olorosos melocotones, dulces como el mismísimo elixir de la vida; fresas cargadas de acidez y dulzura al mismo tiempo, que traían a la memoria el ambiguo sabor de ciertos quesos y la mantecosa suavidad de la nata; inmensas sandías, cargadas del rubor de doncellas de su pulpa y de las lágrimas de azabache de sus semillas; sabrosísimas granadas, que, una vez abiertas, parecían extraños seres preñados de rubíes; “espléndidos racimos de uva, que se convertían en mosto nada más tocarlos, ahogando en su zumo, como el vino, la sed y la ansiedad; naranjas pintadas de sol, que rivalizaban en luminosidad con la amarillenta fiereza de las nueces y las almendras; toda clase de frutos, semillas y bayas llenaba, en definitiva, la espléndida mesa de mármol, que se extendía, con coqueta gallardía, paralela al muro anterior de la casa. De nada puede presumir el buen gusto de los humanos, comparado con el que aquel día hicieron gala los traviesos monos de la montaña”.

Viaje al oeste (西游记), I
Traducción de Enrique P. Gatón e Imelda Huang-Wang para la Editorial Siruela, 2009.