La casa del sueño

Soñé diez años con la misma casa:
me aprendí corredores y cornisas, las vetas
de tablones y duelas, cómo entraba la luz
cada hora en cada cuarto. De sueño en sueño, eran
cada vez más perfectos las líneas y los ángulos.

Andando el bosque este verano, cerca de un pueblo
en que nunca había estado, vi el portal conocido,
y detrás el sendero de siempre. Y allí estaba,
con cartel de se vende y rodeada de alerces,
pinos y sicomoros: la casa de mis sueños.

Así que toqué el timbre, y salió el propietario.
Le pregunté si no le resultaba extraño
que yo se la mostrara. A la izquierda, le dije,
está el recibidor, con sus libreros; gire
y verá el comedor, y detrás la cocina.

Subíamos a ver las cuatro habitaciones
de ventanas salientes y cortinas azules
pero algo me detuvo, en seco, en el rellano:
una puertita roja que no había visto nunca.
Me dijo que era nueva, la habían puesto ese día.

Le pregunté al bajar cuánto pedía. Era
tan poco que no pude ocultar mi sorpresa,
pero dije: la tomo. Me explicó lo barato:
es que estaba encantada. Dije que no importaba:
me venía muy bien, porque yo era el fantasma.

Hace un mes de eso, tengo las llaves ya y exploro,
conozco cada cuarto como mi propio cuerpo,
hasta que la puertita roja viene a mi mente.
Son demasiado grandes las llaves, salvo una
no mayor que la garra de un gorrión. Me arrodillo

y abro la cerradura. Y allí, en la oscuridad,
hay una casa en miniatura. Por las ventanas,
detrás de las paredes, vi a mi hijo sano y salvo.
Ha crecido tan poco. ¡Mírenlo nada más!
El niño que soñé murió hace ya diez años.

*

ROBIN ROBERTSON

*

De Hill of Doors

Versión de Aurelio Asiain