El blog de Aurelio Asiain

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Mes: enero, 2014

Mikis Teodorakis canta a Yorgos Seferis

La letra de esta canción de Mikis Teodorakis es variación de un poema Seferis:


XXIII

Un poco más
y veremos florear a los almendros
brillar al sol los mármoles
al mar romperse en olas

un poco más,
alcémonos aún un poco más.


Yorgos Seferis

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Λίγο ακόμα

Λίγο ακόμα
θα ιδούμε τις αμυγδαλιές ν’ ανθίζουν
τα μάρμαρα να λάμπουν στον ήλιο
τη θάλασσα να κυματίζει
λίγο ακόμα,
να σηκωθούμε λίγο ψηλότερα.


Γιώργος Σεφέρης

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De “Novela”, en Mythistórima. Poesía completa. Traducción, prólogo y notas de Selma Ancira y Francisco Segovia. Galaxia Gutenberg, 2012.

Gabriel Zaid: No hay receta posible

¿Cómo leer poesía?

 

No hay receta posible. Cada lector es un mundo, cada lectura diferente. Nuevas aguas corren tras las aguas, dijo Heráclito; nadie se embarca dos veces en el mismo rio. Pero leer es otra forma de embarcarse: lo que pasa y corre es la vida, sobre un texto inmóvil. El pasajero que desembarca es otro: ya no vuelve a leer con los mismos ojos.

La estadística, el psicoanálisis, la historia, la sociología, el estructuralismo, la glosa, la exégesis, la documentación, el estudio de fuentes, de variantes, de influencias, el humor, el marxismo, la teología, la lingüística, la descripción, la traducción, todo puede servir para enriquecer la lectura. Un poema se deja leer de muchos modos (aunque no de cualquier modo: el texto configura el “mundo” de lecturas que admite). Cada modo da ojos para esto o aquello que pone de relieve. Pero una vez que el método se convierte en receta, reduce la lectura (a ejercicio estadístico, sociológico, psicoanalítico, deconstructivo), en vez de enriquecerla.

Leer de muchos modos, renunciando a las recetas, pero aprovechando los ojos que dan los métodos conocidos (y otros que se pudieran inventar) puede ser otro método: el de leer por gusto.

Cuando se lee por gusto, la verdadera unidad “metodológica” está en la vida del lector que pasa, que se anima, que actúa, que se vuelve más real, gracias a la lectura.

¿Cómo leer poesía? Embarcándose. Lo que unos lectores nos digamos a otros puede ser útil y hasta determinante. Pero lo mejor de la conversación no es pasar tal juicio o tal receta: es compartir la animación del viaje.

Gabriel Zaid en Leer poesía

Leer poesía, primera edición, 1972

Dedicatoria de Gabriel Zaid a Bernardo Giner de los Ríos

Con sólo perejil como mortaja

EL PESCADO
Billy Collins

Tan pronto como el viejo camarero
puso ante mí la orden, el pescado
se me quedó mirando
con ese ojo plano iridiscente.

y cara de qué lástima me das
comiendo solo en ese restaurante
espantoso, bajo una luz inhóspita
y entre atroces murales de Sicilia.

—También tú me das lástima, arrancado
del mar y ahora ahí tendido muerto
junto a papas hervidas aquí en Pittsburgh
—le respondí alzando el tenedor.

Así mi cena en la ciudad ajena
de ríos y de puentes encendidos
se roció con limón y vino frío
pero también con compasión y pena

aun ya ido el plato y la cabeza
del pescado mirándome y la bóveda
de sus huesos terriblemente expuestos,
con solo perejil como mortaja.

BILLY COLLINS / a.a.

Lo publicó antes Animalgourmet

Lo que poseen los desposeídos

 

¿Sabes qué hacen los homeless del parque de Ueno en las mañanas?
Tú dime.
Juegan golf.

No todos, ni mucho menos, pero era cierto: algunos sacaban sus palos de golf y practicaban en el prado en que han plantado sus tiendas azules. No podrían tirar muy lejos, claro, pero practicarían los golpes y tal vez conservarían, me gusta pensar que sin ostentación, los gestos del golfista, como otros conservan libros, y el gusto de la lectura. O incluso el de la escritura. Hace tres años apareció una preciosa antología de senryu —el primo despeinado del haiku— escritos por homeless japoneses: 路上のうたRojo no uta (“Canciones de los caminos” sería una traducción imprecisa: ¿canciones de la intemperie? —rojo: on the road), en la que sorprende, junto al estricto apego a las formas tradicionales y sus convenciones estacionales, la naturalidad con que la intemperie urbana se vuelve habitable:

寝袋に 花びら一つ 春の使者

Un solo pétalo,
nuncio de primavera,
sobre mis saco.

Japón, después de dos décadas de crisis económica, sigue siendo uno de los países más ricos del mundo —el tercero, después de Estados Unidos y China—, y su prosperidad salta a la vista de cualquier visitante, pero es un rico empobrecido. Sus pobres son nuevos pobres, expulsados de una clase media que fue la mayor del mundo y la más homogénea y que desde hace dos décadas no cesa de reducirse.

Algunos conservan incluso el puesto de trabajo: han renunciado a pagar la renta de un departamento y se han ido a vivir bajo un puente. No a la intemperie, sino en unas casas mínimas, hechas de cartón y madera, cubiertas siempre de plásticos azules: los mismos que se tienden en los parques bajo los cerezos durante la semana de su florecimiento y que, según Toyo Ito, son el elemento mínimo de la arquitectura japonesa. Yo pensaría más bien en el shime tori de los santuarios shinto: las dos varas de bambú unidas por una cuerda que marcan el límite de un espacio sagrado. En cualquier caso, viene a la mente el poema del monje Ikkyu (1394–1481):

No hay pilares
en la casa en que vivo;
tampoco techo.
No la moja la lluvia.
No la golpea el viento.

Sería ilusorio pensar que en cada desposeído japonés hay un golfista, un poeta o un adepto del zen: lo sería tanto como suponer que en cada oficinista hay un autómata desalmado. Pero no he visto a ninguno que no disponga ordenadamente sus zapatos a la entrada de su caseta o su tienda, ninguno que no parezca mantener, en la precariedad, un orden estricto, ninguno que no guarde las formas. Orden y formas es casi lo único que les queda, pero con eso y poco más —lo que encuentran en la calle y entre los desechos— erigen una morada.

Desde fines de los noventa el arquitecto Kyohei Sakaguchi (Kumamoto, 1978) ha venido documentando estas casas de cero yenes (Zero Yen Houses: véase lo que la frase produce en Google images) y pensando en lo que revelan sobre la relación de sus constructores, habitantes y dueños (a los que es inapropiado llamar homeless, dice Sakaguchi, pues poseen una casa mientras nosotros apenas la rentamos) con el entorno urbano y la naturaleza, con el espacio social y el privado, con la economía formal y —por paradójico que suene— el orden informal. De esa larga obra en marcha, que ha producido ya libros, exposiciones, un sitio de internet, ha extraído además lecciones sobre la imaginación del espacio, la economía de medios, las estrategias de reciclamiento. Sakaguchi está convencido de que estos desposeídos, entre los cuales no falta el que alimenta su casa con celdas solares, ni el que ha hecho su casa móvil, sobre ruedas— tienen mucho que enseñarle a arquitectos y urbanistas, a econmistas y diseñadores. También, claro, a poetas y artistas.

*

Nota publicada en el número más reciente de la revista Arquine.

Arquine No. 66

Situación del alma

Ansia de eternidad, hay en la carne —no en el alma,
que se encoge como un poco de vaho
en el cristal y no es más que una síncopa
en la frase del hálito que los dioses exhalan.
Mortal se sabe, casi imaginaria,
y en secreto se alegra del corazón que la atormenta.
Como el niño al que no dejan jugar,
huye, bajos los ojos, contra su transparencia.
Pero los dioses, ¡pobres!, ¿dónde están? —En la covacha;
sólo de noche salen a buscar entre la basura
alguna cosa que comer. Los dioses
han doblado la esquina. Los dioses
llegan al bar de la estación, piden humildemente un trago
y vomitan al alba contra un árbol. Los dioses
quieren morir. (Mas sólo el alma puede,
tan lejos de los dioses como del cuerpo ansioso
en una eternidad de hidrógeno y nitrógeno,
danzar la leve muerte a la distancia.)

Jacques Réda, Récitatif. Gallimard, 1970.
versión de A.A.