El blog de Aurelio Asiain

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Las capas

He andado muchas vidas,
entre ellas algunas mías,
y no soy el que era,
aun si algún principio queda
del ser del que me esfuerzo
por no alejarme.
Cuando miro hacia atrás,
como debo mirar
antes de reunir fuerzas
para seguir mi viaje,
veo empequeñecerse
los hitos hacia al horizonte
y alejarse los fuegos lentamente
de campamentos abandonados
que con pesadas alas rondan
ángeles de carroña.
Mis querencias más ciertas
me fueron convirtiendo en una tribu
desperdigada.
¿Cómo reconciliar el corazón
con su fiesta de pérdidas?
Se alza el viento y el polvo
maníaco de mis amigos,
los que fueron cayendo en el camino,
me da amargo en la cara.
Pero me vuelvo, sí,
me vuelvo, algo me exalta,
intacto el ánimo de ir
a donde necesite,
y cada piedra del camino
me resulta preciosa.
En mi noche más negra,
con la luna cubierta,
vagaba entre los restos,
y una nublada voz
de nimbo me lo dijo:
“Vivo en las capas,
no en la basura”.
Me falta el arte
para desentrañarlo,
pero sin duda el próximo capítulo
de mi libro de las transformaciones
está ya escrito.
No he terminado con mis cambios.

Stanley Kunitz
Versión de A.A.

Ocho poemas de Charles Simic

SANDÍAS

Entre la fruta
hay Budas verdes.

Comemos la sonrisa
y escupimos los dientes.


ESCOLARES CANOSOS

Los viejos tienen malos sueños,
duermen poco por eso.
Andan descalzos,
sin encender la luz,
o se quedan de pie, apoyados
en qué muebles tristísimos,
escuchando sus propios latidos.

Hay en el cuarto una ventana,
y es negra igual que una pizarra.
Cada viejo está solo
en el salón, fijos los ojos
en la delgada línea de gis
entre el estar aquí
y el ya no estar aquí.

No importa. Un vaso de agua,
eso venían a buscar,
aunque no nada más.
Escuchan: la pared tiene ratones,
un auto pasa por la calle,
sus padres muertos pasan arrastrando los pies
cuando van hacia la cocina.


EL ALMA TIENE MUCHAS NOVIAS

En la India me llamó la atención
una mosca en un templo;
me hizo sentir muy claramente
que tal vez, por qué no,
nos conociéramos de antes.

¿Fue en la ciudad de México? Trepaba
entre manchas de sangre las piernas amarillas
de aquel Cristo crucificado
y sus ojos crecían y crecían.
“Dios te siente en el trono eminentísimo
de Su reino invisible”.
Me lo dijo en inglés un pordiosero.
Era ciego. Sabia qué había visto.

En el bar donde Pancho Villa
disparó sus pistolas contra el techo,
en las nalgas al aire de la ninfa desnuda
del cuadro, que emergía de las aguas,
e internándose ahora sin pudor
por la nariz de Buda,
más confidente haciendo su sonrisa,
su mirada más bizca.


LA HABITACIÓN BLANCA

Lo obvio es difícil
de probar. Preferimos
lo oculto. También yo.
Escuchaba a los árboles.

Tenían un secreto,
y estuvieron a punto
de revelármelo:
nunca lo hicieron.

En el verano cada árbol
de mi calle tenía una
Sheherezada. Eran parte
mis noches de sus cuentos

salvajes. Me llevaban
por casas cada vez
más oscuras, por casas
abandonadas, mudas.

Alguien de ojos cerrados
habitaba en los altos.
Pensarlo me asombraba
y me quitaba el sueño.

La verdad: simple y fría,
dijo la mujer siempre
de blanco. No salía
apenas de su cuarto.

Al sol, una o dos cosas
que habían sobrevivido
la larga noche intactas,
las cosas más sencillas,

en su obviedad difícil.
No hacían ningún ruido.
Era un día de esos
que se llaman “perfectos”.

¿Los dioses disfrazados
de horquillas? ¿Un espejo
de mano? ¿Un peine
sin dientes? Nada de eso.

Las cosas como son,
sin parpadear, calladas
en su fulgor. Los árboles
esperaban la noche.


ANGUSTIADOS ANÓNIMOS

Nuestra secta del juicio final
tiene una membresía de millones.
La mesera que sale a echar fumadas
y ese perro amarillo junto al banco;
sabemos quiénes somos sin gafetes.

Confinados en invisibles cárceles,
hospitales y manicomios,
en la estación de vagas premoniciones,
pensamientos desordenados y pánico creciente.
Ayer le pegó al gordo algún suertudo
y a una vieja un ladrillo le cayó y la mató.
De qué forma esos viejos se toman de las manos…
Apenas han salido tal vez de un ascensor
que estuvo varias horas atascado,
y respiran agradecidos mientras llegan
preocupaciones frescas a oscurecer su día.


SOLEDAD

La única casa que tú y yo tuvimos.
No mayor que una caja de cerillas
—o vasta como el cielo constelado—
y contigo como único inquilino,
feliz de tener pulga que rascarse
mientras se pone a recordar la noche
en que oyó que llamaban a la puerta.

Te daba miedo abrir, pero lo hiciste.
Preguntó si tendrías una vela.
Respondiste que no tenías ninguna.
Se quedaron mirándose las caras
entre los dos departamentos negros,
sin saber qué decir ni tú ni ella
antes de darse al fin los dos la espalda.


EL SAPO

Durante un tiempo mis amigos
no me verán en la ciudad.
No iremos por las calles
bien entrada la noche
llamándonos a gritos, señalando
tal o cual vista espléndida
o aterradora, tanto
que cómo darle nombre a la carrera.

Paso unos días en el campo.
Me pongo en pie temprano,
oigo los pájaros
que saludan el día
y cuando callan
oigo las hojas en el viento;
abundan aquí tanto
como allá en tu ciudad las multitudes.

Dios nunca hizo un día tan hermoso,
me dijo una vecina.
Luego se fue y yo me senté a la sombra
y me quedé rumiando aquello.
Un sapo salió entonces de la hierba
y, viendo que era inofensivo,
saltó sobre mi pie rumbo al estanque.


EN LA BIBLIOTECA
                     para Octavio


Hay un libro que se llama
“Diccionario de los ángeles”.
Hace cincuenta años que no lo abre nadie.
Lo sé porque, cuando lo hice,
las cubiertas crujieron y las páginas
se deshicieron. Me enseñaron

que los ángeles fueron abundantes
como especies de moscas.
Cuando se hacía de noche, el cielo
se llenaba de ángeles.
Había que agitar los brazos
a cada rato, para espantarlos.

Ahora brilla el sol
tras las altas ventanas.
La biblioteca está siempre en silencio.
Los dioses y los ángeles se apiñan
en oscuros volúmenes no abiertos
nunca por nadie. El gran secreto
yace en algún estante ante el que pasa
cada día Miss Jones, que hace su ronda.

Es muy alta, y mantiene
la cabeza inclinada, igual que si escuchara.
Son los libros: susurran.
Yo no, pero ella escucha.

 


Versión de A. A.