El blog de Aurelio Asiain

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Mes: abril, 2012

Quodlibet: toda frase es ya otra

Ida de forma


Lo primero que conocí de Pablo Helguera fueron sus palíndromos. En 1988 publicamos algunos en un número de la revista Vuelta. Luego lo vi escribirlos más de una vez, con otros aficionados menos obsesivos que nosotros, en la mesa del comedor de su hermano Luis Ignacio, durante unas reuniones en que la seriedad con que nos entregábamos a armar nuestras frases un palíndromo no se redacta: se construye contrastaba con el delirio circundante, reflejado y ahondado en cambio en los propios palíndromos. Los recibí después durante algunos meses en que cambiamos correspondencia palindrómica por el correo electrónico. Le pedí algunos para el número sobre escritores raros de la revista (paréntesis), https://i0.wp.com/media.tumblr.com/tumblr_kxk4eo6Z7g1qzosh4.jpgy lo que me envió fueron dibujos: formas simétricas de frases reversibles, que figuraban esculturas totémicas de alguna religión erigida sobre oráculos en espiral. Varios años después leí, porque alguien me lo envió desde México (hace ya diez que vivo en Japón), uno muy largo, de más de quinientas palabras, escrito para una exposición y publicado en un diario.

En cambio no he asistido a sus exposiciones, aunque he leído sobre ellas, en escritos suyos y de otros comentaristas, y alguna vez he visto su work in progress en su estudio. Conozco, claro, sus ensayos y sus crónicas, sus poemas y sus cuentos, que sin duda tendrán en el futuro cercano, con los de otros expatriados mexicanos, un papel más decisivo en la articulación del orden literario contemporáneo del que han advertido los críticos locales. De modo que si, la imagen que tengo de Pablo Helguera es la de un artista, ese artista es ante todo un escritor y en ese escritor, de verso y prosa diversa, es primordial la afición a la escritura de palíndromos.

Una afición, pensará el lector, liminar en un artista de ejercicio tan variado y de tan vasto discurso, y una actividad, no se me escapa, que la mayoría solo a regañadientes consideraría artística y más fácilmente relegaría a la condición de ocioso juego de antesala o laborioso pasatiempo neurótico. Pero me parece también claro que buena parte de la obra de Pablo se despliega precisamente en una zona en que con premeditación, alevosía y ventaja se confunden el arte y su comentario, el gesto y su discurso, el arte y aquello que convencionalmente llamamos “el mundo del arte”, y en la que alternan el curador, el teórico, el cronista y el comentarista ocasional con el profesor y el conferenciante y el espectador enterado, oficios y funciones que el propio artista cumple; y estoy seguro, por eso, de que en la pasión palindrómica hay más de una clave de su obra: ¿hay algo más ambiguo y con más dobleces, y a la vez más definitivo y sin vuelta de hoja que un palíndromo?

En el palindromista se conciertan un escritor consciente en extremo, pendiente de la posición que ocupa ya no solo cada palabra sino además cada letra, y un lector con la mayor disponibilidad para obedecer a los dictados de la escritura y sus giros súbitos, las contorsiones de la sintaxis, la incesante deriva del sentido. En orden a la simetría, el constructor de palíndromos se arriesga a todos los desequilibrios y desfiguros; pero, contra lo que suele pensarse, no es el orden geométrico su fin último: es solo el medio inevitable de la revelación. El palindromista es un oficiante fervoroso, y está tan presto a aceptar a cualquier dios como a descreer de todos, a cambio de no perder la cuenta del rosario y no soltar la cuerda del retorno. El palindromista encuentra sentido en donde otros no verían sino disparate y sabe al mismo tiempo que eso a que se entrega con escrúpuloso rigor es una broma desmesurada. La rama o el guijarro tirados en la calle, la frase que el recuerdo distorsiona, la nota de un violín que desafina, cualquier cosa es oráculo, pero no hay dios sin ironía.

Los palíndromos son formas de escritura automática. Pero no la predicada y dudosamente practicable de los surrealistas en la que lo automático es más bien el escritor sino la de muchos de los juegos del Oulipo, el taller de Literatura Potencial, en los que no hay flujo de la conciencia, no hay desbordamiento de la marea inconsciente, sino juego de espejos. Espejos que son ventanas abiertas hacia adentro y ya se sabe: allí cuelgan trapos al sol. El palindromista es un reflexivo, y como la ropa suele desacomodársele y asomar las puntas, es también un espectador acostumbrado a mirar de lado. Es irónico siempre, inevitablemente. Sabe que todo ha de leerse no solo en otro sentido sino en sentido contrario. Sabe, también, que solo se lee por primera vez la segunda vez y que cada texto es distinto de sí mismo desde la primera lectura. No cree, por eso, en las identidades inmutables sino en las metamorfosis. Sabe, sobre todo, que su forma de escribir es la lectura.

Eso es quizá sobre todo Pablo Helguera: un artista de la lectura, la relectura, la lectura en sentido contrario, el dislocamiento del sentido. Lo mismo si explora vidas paralelas de artistas raros reales o imaginarios que si ironiza, por escrito o a línea, sobre el mundo del arte, y ya sea que siente las bases de una estética burocrática o transcriba los poemas excepcionales de Rodolfo Limonini y otros heterónimos, en plan de autor del libreto o actor o funámbulo empresario, lo que nos ofrece no se presenta sino como una versión secundaria de las cosas. Ya se sabe: los palindromistas no se consideran escritores y saben, sobre todo, que no son autores. O lo son apenas como un artesano fabricante de caleidoscopios lo es de las figuras que observa el ojo por la mirilla.

http://pablohelguera.net/2012/04/quodlibet-bellas-artes-2012/Tangencial, caleidoscópica y fragmentaria es la visión que Quodlibet ofrece del Palacio de Bellas Artes: no tanto del edificio cuanto de la institución imaginaria, a un tiempo íntima y política, que el edificio ocupa, como espacio simbólico, en la cultura mexicana contemporánea. Espacio, apenas hace falta decirlo, tejido de contradicciones: un edificio proyectado para gloria del porfirismo que se resuelve en símbolo y galería de la revolución institucionalizada, un espacio de consagración canónica que es a la vez símbolo popular, un ícono nacional de rasgos y progenie esencialmente europeo.

La lectura que Pablo Helguera hace de ese espacio es, naturalmente, irónica y tangencial: junto a la documentación habitual y con preferencia sobre ella hace uso, por un procedimiento no infrecuente en su obra, de elementos ancilares: la utilería, los programas de mano, los libros conmemorativos, los maniquíes y trajes y otros objetos que guardan las bodegas, las anécdotas secundarias, para armar con ellos no un relato me rechina como uña en el vidrio el anglicismo narrativa, tan de moda sino sus frases posibles, sus motivos, sus escenarios, sus tonos y acentos, los términos tal vez de sus metáforas. Con esas mismas piezas podría hacerse sin duda un ejercicio de nostalgia, pero aquí lo entrañable de la memoria está justamente puesto entre comillas y mirado de soslayo, como lo está la memoria misma. Quizá porque la “íntima tristeza reaccionaria” es uno de sus fantasmas recurrentes, al elaborar esta muestra Pablo ha procedido ante todo a desbaratar la memoria: a intervenir el término es militar, por supuesto en las piezas que la nutren, recortándolas y forzándolas a producir así otro texto. Su lectura de la Suave patria o la de los programas de mano, como las de los vestidos y decorados, nos las vuelve paradójicamente inaccesibles, subrayando su carácter inevitablemente fragmentario. Pero así muestra algo que debería ser evidente: es la distancia lo que nos une a esas ruinas.

Es común que, con un acento u otro, se vea al Palacio de Bellas Artes como un gran pastel de bodas, y Pablo Helguera usa también la imagen al hablar de la muestra. Pero lo que la muestra revela es otra cosa. Podría uno decir que, para llevarnos ante el pastel, ha elegido trazarnos el camino con migajas, como Hansel y Gretel en el cuento de los hermanos Grimm, o Pulgarcito en el de los Perrault. Solo que para ello no ha podido usar otras migajas que las del propio pastel. ¿Qué es lo que ha quedado? Una magdalena proustiana. Un camino de vuelta: un palíndromo.

 Escrito para el catálogo de la exposición.

Reglas de urbanidad en Twitter

La tecnología en el centro de la vida familiar

Fotografía tomada de Airform Archives.

Así suena el número Pi.

¿Qué hace usted en un lugar tan extraño?

Diecinueve extranjeros residentes en Japón cuentan por qué y cómo viven aquí.

Todo el Cuaderno, tal cual

Primera página del Quadern gris, 8 de marzo de 1918

No lo sabía hasta ahora que la he encontrado por accidente, y es una obra que me habría gustado ver desarrollarse por segunda vez de principio a fin como hace treinta años en una Barcelona ocre y gris, ventosa y de llovizna, como la del libro. El Quadern gris que Josep Pla —ese Montaigne del Ampurdán, como lo llamó Andrés Trapiello— llevó del 8 de marzo de 1918 al 15 de noviembre de 1919 y no dio a la imprenta sino casi medio siglo después, pero reescribiéndolo a tal grado que hay quien habla de una mixtificación y aun de una obra de ficción, como si no lo fuera en mayor o menor medida toda autobiografía, y que constituye en cualquer caso uno de los grandes diarios de todas las épocas y una obra mayor de la literatura del siglo XX, volvió a publicarse 90 años después siguiendo el ritmo con que se escribió el ideal original, del 8 de marzo de 2008 al 15 de noviembre de 2009, en un blog, bloGQ con ilustraciones que me habría gustado tener en la versión que llevo en la tableta.

Los cacahuates japoneses… son japoneses

México, se dice, es un país con una fuerte identidad cultural. Paradójicamente, esa fortaleza necesita autoafirmarse constantemente con pruebas tan rotundas como las pirámides o tan inapelables como los certificados de patrimonialidad universal que extiende la UNESCO, previa negociación diplomática. En algún momento de su formación, todo mexicano accede a dos revelaciones definitivas. Una es que en un concurso de himnos nacionales el de México obtuvo el segundo lugar, solo después de la Marsellesa. Una búsqueda en Google revela que ese segundo lugar lo comparten todos los países de América Latina, junto con la convicción de que la Marsellesa es insuperable. La otra revelación es más modesta, pero indisputada y con respaldo académico: que los cacahuates japoneses son mexicanos.

En su trabajo sobre los migrantes japoneses en México, Japoneses la comunidad en busca de un nuevo sol naciente (sic), Sergio Hernández Galindo dice de “los ahora famosos y mal denominados cacahuates japoneses, que siguen fabricando, entre otras familias, los Nishikawa y los Nakatani”, que

En 1945, Yoshigei Nakatani fundó una de las primeras empresas que elaboró (sic) un cacahuate enharinado y sazonado con salsa de soya conocido como cacahuate japonés, aunque en realidad no había sido consumido en Japón. El joven Nakatani llegó a México en 1932 como empleado de la empresa El Nuevo Japón del señor Kato, para iniciar la factura del botón de concha que tuvo mucho éxito pero que, al desatarse la guerra, dejó de fabricarse. En un principio los cacahuates se preparaban en un pequeño local ubicado en La Merced y la distribución se hacía de mano en mano.

Los consumidores iban a comprar los cacahuates con el japonés, de ahí el origen de su nombre. El señor Nakatani poco antes de la guerra se casó con una joven mexicana, lo que le permitió trabajar durante el periodo de concentración sin ser recluido. «Mi abuelo —dice su nieta Claudia Nakatani— iba con su diablito a vender lo que había producido en la mañana, el objetivo era sacar el día a día.»Décadas después, se fue dando forma a la empresa y se le dio el nombre de Nipón, que actualmente sigue distribuyendo el producto. Entre 1950 y 1975 los clientes de Nipón fueron mayoristas de La Merced y la Central de Abastos, lo que permitió que el negocio pasara de ser un pequeño establecimiento a una empresa en 1975 y se registrara la marca en 1977. A pesar de la fuerte competencia de empresas como Bimbo, Sabritas y Mafer, que empezaron a participar en el mercado al ver la gran demanda de ese producto, Nipón sigue produciendo los famosos cacahuates japoneses.

Sí, eso cuenta Claudia Nakatani en el artículo publicado por El Universal el 2 de agosto de 2006, del que Hernández Galindo toma la información. Pero hay otra versión: la del propio Yoshigei Nakatani, que al final del libro de memorias Ese árbol aún sigue en pie (México, Impresos Garoli, 2006) cuenta el inicio de la producción de cacahuates japoneses y la formación de la empresa que los produjo primero, Productos Nipón, pero también, muchas páginas antes, habla de cómo trabajó siendo adolescente en una fábrica de dulces de su pueblo natal, Sumotoshi, en la que aprendió a hacer los muéganos que luego elaboraría en México: “Esta dulcería era la más grande de la isla. Frecuentemente llegaban agentes de Osaka, con muestras de dulces finos y entre esas muestras trajeron el llamado cacahuate japonés”. (p. 55)

Los cacahuates japoneses son una variedad de mamekashi: golosinas elaboradas con semillas (frijol, chícharo, cacahuate) cubiertas de harina condimentada, que (según resume esta página de la empresa Mamekichi) llegaron a Kioto desde China en el siglo XV, a través de los monjes zen. Entre las muchas variedades que se consumen en Kioto hay dos o tres muy parecidas a la que popularizó Nakatani en México.